16 Noviembre 2009
Trabajo en una empresa de unos veinte empleados, casi todos ellos de corte administrativo. La edad media supera la treintena y se acerca peligrosamente a los cuarenta pero, entre ellos, hay un chico que no puede superar los 25, el más joven de todos. Tuve que verle dos o tres veces para darme cuenta de que ese chico me atraía a más no poder. Llegó nuevo hace menos de un año, y por desgracia el destino nos separó, pues aun trabajando en la misma empresa, su puesto de trabajo está en una zona de la oficina distinta a la mía. Son muy pocas las ocasiones que tenemos de vernos; no compartimos departamento ni tareas, no tenemos que consultarnos nada entre nosotros... lo único que nos une es, por desgracia, la fotocopiadora.
Quizás por eso, por la dificultad que tengo para encontrármelo, no tenemos un trato especialmente cercano. Sin embargo, siento que con tan sólo un par de horas compartiendo espacio, sería factible que naciera algo en común y, por desgracia, no hablo de algo sentimental, sensual o sexual... Me temo que este chico es extremadamente heterosexual, aunque, al mismo tiempo, es como si estuviera muy cercano a la frontera de la bisexualidad. Pero, ya sabemos que las mentes pierden fácilmente la razón cuando la imaginación va captando terreno a la realidad.
Por más que este chico tenga novia, por más que su conducta sea la típica de un hetero veinteañero, mi imaginación echa a volar con suma facilidad. Me bastó compartir diez minutos con él en el cuartito del café para saber que si de mí dependiera, ese chico no dormiría ni una sola noche sin viajar al planeta de los placeres carnales. No sé lo que su novia hace con él, pero sé perfectamente lo que él y yo haríamos cada noche en el harem de mi mente.
Dentro de un mes tendrá lugar la famosa comida de Navidad de la empresa. Será la primera para mí, y también para él. Sería perfecto poder sentarme a su lado en la gran mesa, o, si es una de esas comidas tapeadas, formar parte del corro en el que él participe. Sería perfecto también encontrármelo de sorpresa en el baño, que nuestras miradas se paseen por nuestros ojos durante dos eternos segundos, antes de que nuestros cuerpos se rocen para dejarnos paso en ese pequeño habitáculo. Deseo que en ese momento él sepa que le deseo... deseo que se pase el resto de la comida sabiendo que tan sólo tiene que decirme ven, para que lo deje todo.
Ese día llevaré mi coche, y no beberé para poder conducir sin problema alguno. No seré de los primeros en irme, pero tampoco de los últimos. Le observaré con detenimiento para ser consciente de su cansancio, de sus ganas de irse de aquel lugar... Sin duda él beberá, y por eso no habrá llevado su coche y dependerá de terceros. Quiero imaginarme que cuando yo me levante y me despida, él aproveche la coyuntura y me pida el favor de dejarle en su casa; y como en mi imaginación mando yo, así ocurrirá.
Llamémosle Rafa, aunque no es así como se llama en verdad. Rafa mide como yo: 1,80. Es delgado, de espalda ancha y aspecto garboso. Camina como lo hace la Pantera Rosa, pero con la sensualidad de Brad Pitt. Cabello corto, castaño... ojos de color miel, barba constante de tres días, boca grande y ansiosa, labios gruesos, sonrisa fácil... manos grandes y masculinas, piernas delgadas, culo pequeño pero voluminoso... masculino, varonil... un hombre con mirada de joven travieso, con voz de adolescente incandescente. Me mira y me derrito, me sonríe y me congelo... me toca y ardo en deseos incontrolables.
Rafa se está sentando de copiloto en mi coche. Lo hace mientras me confiesa haber bebido demasiado. Yo le sonrío con complicidad, le tranquilizo, le digo que si él lo prefiere, podíamos quedarnos un rato esperando a que se le pasara. Pero me dice que prefiere tomarse un café en cualquier sitio antes de llegar a su casa, que si me importa. Le sugiero un local tranquilo, me dice que sí, y hacia allá vamos mientras hablamos como si fuéramos amigos de mucho tiempo. Mientras buscaba un canal de radio concreto, su mano rozó la mía en varias ocasiones. Quizás él ni se percató, pero cada encuentro de pieles suponía un acercamiento entre él y yo. Sabía que esa noche podía ocurrir algo, algo desde un beso apasionado hasta un leve abrazo entre compañeros de trabajo que han dado un paso más el uno al otro.
Sentados en el local, con el humo del café separando nuestras miradas, Rafa se acercó a mí confiando en mí sus confidencias. Fui todo oído para él; y todo vista, todo olfato, todo tacto y todo sabor. Tenía problemas con su novia, pero los mismos problemas que millones de veinteañeros en cualquier rincón del mundo. Eso no le convertía en gay, ni por no entenderse con ella implicaba que se fuera a sentir más él rodeado por mis brazos y mi desnudez. Quizás apreciaba mi serenidad, mi saber escuchar a pesar de que mi imaginación volaba como una bandada de pájaros de un hemisferio a otro... Quizás se sentía cercano a mi mirada comprensiva, a mis certeras palabras. Tras confesarme que se sentía mejor, le invité a volver al coche para seguir la conversación dentro del mismo, sentados en cualquier zona tranquila, ajenos a lo que el mundo nos tuviera reservado en ese momento. Él aceptó sin miramientos, e incluso me dirigió hacia una zona descampada junto a su zona residencial. Me confesó que hacía tiempo que no hablaba de sí mismo, y que hacía tiempo que no se sentía tan bien junto a otro chico.
Una vez en el descampado, Rafa pareció sentirse relajado y evadido de cualquier dificultad. Cada mirada que me dedicaba estaba acompañado por una sonrisa sincera. No se limitó a hablar de sí mismo, también preguntó por mí. Sabía que no me gustaba mucho hablar de mí, pero me dijo que si yo me abría un poco a él, la noche iba a ser perfecta. Consiguió lo que pocos han podido: me abrí a él, ocultando sólo aquello que no quería que nadie de mi oficina supiera. Pero, de repente, unas palabras suyas me sorprendieron como al general que se ve sorprendido en mitad de una batalla: "Javi, tú eres gay, ¿no?" Pensé en ese momento que todo el encanto se había perdido; siempre tuve en mente que para que ocurriese algo no hacía falta ese tipo de confesiones, que las miradas eran suficientes. Aun así, le contesté afirmativamente sin poder mirarle a los ojos. Volví a mirarle cuando noté que su mano cogía la mía con suma dulzura. "Los ojos hablan", me dijo. "Nunca he sentido la necesidad de besar a un hombre... hasta hoy". Mi cuerpo ardía, mi mente se elevaba, y mi boca se dirigió a la suya como el sediento que busca el agua de un riachuelo. Aquel encuentro de labios inocentes duró lo que tarda un barco en cruzar un océano. Sus labios encarnaban cada deseo que sentía al verle, cada mirada furtiva, cada pasión controlada. Sus besos denotaban un placer perdido, virgen, sujeto al libre albedrío como las velas de un velero al viento...
Nuestra primera mirada tras ese beso deseado decía más de lo ocurrido que cualquier antología poética del mejor de los poetas. La belleza no tardó en devenir en sensualidad. Su desnudez iba apareciendo ante mí como una luna llena tras las gruesas nubes de una noche lluviosa. Su pecho ligeramente velludo evidenciaba su masculina presencia. Mis manos se perdían por su pecho trabajado mientras mis labios volvían a la humedad de su boca. Él se entregaba a mí como el enfermo a un hechicero salvador. Confiaba en mi saber hacer, en mi saber estar ante una situación mil veces imaginada, pero no tan real como esta vez. Rafa era esclavo de mis pensamientos más ardientes y de mi extremada sensibilidad. Sabía que sólo iba a recibir de mí placer; no sólo placer... también pulcritud. Quería llevarle al mundo perfecto en el que él y yo nos entregábamos el uno al otro y donde sólo cabía una felicidad extrema, alejado de cualquier cota de cotidianeidad.
Aquello ocurría dentro de un coche en un descampado, encerrado en aquel reducido e incómodo espacio. Semejante belleza carnal merecía tener lugar en una bella playa paradisíaca, o en un extenso manto verde de una pradera cántabra... pero ocurría donde estaba ocurriendo y lo importante no era el dónde, sino el qué. Rafa y yo compartíamos lo inimaginable. Me regaló su sensible masculinidad, su yo superior, que es aquel que se escapa a las razones; y mientras nuestros cuerpos nos proporcionaban alegría y libertad, nuestras mentes pastaban en tierra de fructuosa felicidad. No quería que aquello acabara jamás, pero una humedad tibia empapaba nuestros cuerpos al son de unos jadeos deseosos y sin límite.
No sé si lo mejor fue lo ocurrido hasta entonces o la hora y media que nos mantuvimos desnudos, abrazados y en un silencio impregnado de complicidad; o quizás lo mejor es que aquello puede hacerse real...
servido por Javi
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18 Septiembre 2009
Estaba pasando este verano en la playa, como de costumbre. En el apartamento de la playa apenas me conecto, ya que en la vivienda no tengo conexión, y tendría que salir fuera a buscar un wifi público. Una de esas veces que me conecté vi un mensaje en mi perfil, y me quedé de piedra al ver que quien me escribió era un chico de 21 años, moreno, guapo y con un cuerpo esculpido por algún dios amante de los cuerpos masculinos. Le pasé mi msn, y con los días fuimos hablando y sabiendo así qué buscaba cada uno. Él me lo dijo claro: quería que le penetrase, y además, quería hacerlo en un bosque, ya que era una práctica que le entusiasmaba.
Yo nunca lo había hecho al aire libre, pero con tal de follar con él, como si me hubiese pedido hacerlo en la jaula de los leones de un circo, que allí me iba yo si hacía falta. Tras varios intentos frustrados, conseguimos quedar un viernes por la tarde. Hacía una calor asfixiante. El chico me insistió en que debíamos quedar temprano, ya que así era seguro que no hubiese nadie en aquel bosque que yo desconocía. A las cinco en punto yo estaba en el sitio convenido, y él apareció con su moto poco después. Me pidió que le siguiera con el coche, y eso hice. Al verle, y aunque no se quitó el casco, pude comprobar que las fotos no engañaban: ese chico estaba estupendo. El bosque al que me llevó no estaba muy alejado. Era un pinar, de esos con arena de playa y matojos bajo los pinos. Seguimos un camino que había hasta encontrar un rincón apartado muy discreto. Allí parecía que no había ni un alma, tan sólo insectos y pájaros que creaban para nosotros la banda sonora de nuestro encuentro sexual.
Con cierta timidez por mi parte, me dispuse a posar sobre la arena la toalla que llevaba, y cuando me giré para mirarle me di cuenta de que se había sacado la polla, la cual la tenía ya bien dura. Él vestía unas calzonas grises y finas de deportes, y no llevaba calzoncillos, con lo cual lo tenía todo colgando. Verle así me excitó tanto que sin pensarlo me agaché y le di la bienvenida a su polla con una buena mamada. Tenía una polla grande, de unos 18 centímetros. Estaba circuncidada, cosa que no me importó en esta ocasión. Era la primera polla que pasaba por mi boca desde hacía al menos ocho meses, ya que los chicos con los que había estado recientemente no tenían una polla de mi agrado. Siempre digo que para que entre por mi boca, me tiene que entrar antes por mis ojos...
Después de la chupada inicial, nos desnudamos del todo. Su cuerpo era realmente fantástico: medía 1,75... tenía un cuerpo musculado en su justa medida, un pecho duro y perfecto, cintura proporcionada, brazos moldeados, hombros fuertes y cuello acogedor. Tenía piernas de jugador de fútbol, y un culo... un culo marmoleo, davidiano, de esos que no puedes dejar de mirar y tocar. Al vernos los dos desnudos, me acerqué a él con la intención de abrazarle y besarle, pero no era eso lo que buscaba. Parecía querer mantener una distancia. Era un chico algo frío, que tenía claro que mi función era penetrarle, pues llevaba tiempo sin que una polla pasara por sus interioridades. Lo capté rápido, así que no insistí en eso. Me preguntó que qué quería que hiciésemos, y le dije que un 69. Me tumbé entonces boca arriba, y él se puso encima mía, dejándome su culo a mi vista. Él empezó a chupármela, y yo hice lo propio con la suya. Pude comprobar que se había untado una crema para que la penetración fuese más fácil. Aquello que estábamos haciendo, y en ese lugar, hizo que por momentos estuviese recreando una auténtica película porno.
Nos pusimos de pie, y me puse detrás de él, abrazándole y simulando una penetración que no era tal, sino un frotamiento de mi polla en los cachetes de su culo duro. El calor se había adueñado de nuestros cuerpos, y empezamos a dejar escapar gotas de sudor inevitables. Quise comprobar lo abierto que tenía su culo, así que le metí el dedo, y vi que al menos el dedo entraba con facilidad. Pensé que quizás el lobo no era tan fiero como parecía, y auguré una penetración fácil. Él quiso hacerlo sentándose sobre mí, y eso hicimos. Me tumbé boca arriba, y él se puso encima mía controlando que mi polla tiesa entrara poco a poco en su culo. Y entró fácil, y entonces él se puso a cabalgar sobre mí, sintiendo cómo su cuerpo atlético se balanceaba sobre el mío mientras la solana de la tarde nos daba de pleno. Yo estaba disfrutando, pero un poco incómodo sí que me encontraba. Él lo notó y no tardó en ofrecerme cambiar a una postura más cómoda. Al levantarse y sacar mi polla de su interior, me di cuenta de que estaba toda manchada de sangre. El preservativo tenía un color rojizo que hizo que ambos nos asustáramos un poco. Él se sorprendió, ya que me dijo que no le había dolido nada. Aún así, a pesar de lo aparatoso que resulta siempre la sangre, el chico quiso seguir con el tema que nos había reunido allí. Optamos esta vez por ponerse él a cuatro patas.
Esta posición, aunque visualmente me resulta muy llamativa, siempre me había resultado algo dificultosa a la hora de penetrar. Por eso me alegré tanto al ver que mi polla se metió sin problema alguno. Me vi a mí mismo teniendo a ese chico perfecto delante mía, penetrándole, haciéndole disfrutar, y no sabía a qué dios agradecer por haber tenido esta suerte. Estábamos muy excitados, y sabía que esa posición iba a ser la definitiva para corrernos. Así que fui embistiéndole intentando encontrar el gusto perfecto que me llevara a correrme a placer. Escuchaba incluso el sonido del golpeteo de mis huevos sobre los suyos, y esto, junto con sus jadeos, me llevó al momento más excitante de toda la tarde. Estando ya a punto de correrme, el chico hizo lo propio sobre mi toalla, y entre jadeos, me pidió que dejase de metérsela, que empezaba a dolerle. Yo, en pleno éxtasis, le di dos o tres veces más hasta que conseguí correrme a gusto.
Nos levantamos, me quité el condón manchado de sangre, nos lavamos con el agua que llevé y nos vestimos de nuevo. Me hubiese encantado abrazarle justo en ese momento anterior a vestirnos, darle unos besos y recordarle que no dudara en llamarme siempre que quisiese. Pero este chico era demasiado frío. Había cumplido su objetivo: ya tenía el culo abierto; así que no hubo demasiada conversación en el camino de vuelta al coche. Se puso el casco, se subió a la moto y me indicó el camino de vuelta a la carretera, y seguramente con un acelerón se alejó de mi vida para siempre. No creo que sea de los que repita, aunque siempre quedará para mí este polvo perdido en la arena de un bosque de pinos, bajo el sol de la tierra salada.
servido por Javi
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26 Mayo 2009
Me encontraba ayer en mi rincón de la oficina, ensimismado en mis quehaceres, cuando veo que se abre la puerta. No dispongo de un despacho propio, sino que me instalaron en una sala donde habitualmente se realizan reuniones. Una gran mesa ocupa esa habitación, y ayer se encontraba cubierta de ordenadores fijos, que fueron alquilados a una empresa. Los dos chicos que abrieron la puerta eran los encargados de llevarse esos ordenadores. Y, uno de ellos, el encargado de robar mis miradas durante los 15 minutos que estuvieron depositándolos en sus cajas.
Nada más verle entrar me di cuenta de que ese chico era un monumento a la sensualidad masculina. Vestía un pantalón gris vaquero, camiseta negra ajustada y una gorra que le impregnaba personalidad. Lo primero que destacaba de ese chico, que rondaría los 21 años, era sus bíceps. Ese muchacho era carne de gimnasio. Era poseedor de unos brazos fuertes, masculinos, sin vello, lleno de venas que con el esfuerzo se ensanchaban y parecían querer salir de la piel. Era igual de alto que yo, de cuerpo atlético y estilizado, amplia espalda, cintura ceñida y un cuello que era el complemento ideal de sus fuertes hombros. No era el típico toro de gimnasio, su cuerpo recordaba más a la de los gimnastas que a la de los levantadores de pesa con chicle en la boca. Furtivamente le miraba sin parar. No quería ser muy descarado, ni que el acompañante se diera cuenta de la situación. Durante ese tiempo no me dirigieron la palabra, iban a lo suyo completamente, y yo también iba a lo mío, a lamer su presencia con mi mirada.
Ese chico no sólo estaba cañón, sino que era muy guapo. Estaba cargando cajas, pero podía ser perfectamente un modelo de Gaultier. Facciones masculinas, con unos ojos grandes de mirada seria, boca amplia, carnosos labios decorados con un piercing, nariz perfecta que coronaba un rostro masculino a más no poder, pero impregnado de una sensibilidad difícil de explicar. El chico no paraba de moverse, y eso hacía que su camiseta, a la altura de su cintura, se elevara lo justo como para percibir su rosada bien. Siempre me ha puesto muchísimo cuando esos movimientos nos permite apreciar por un instante un rincón de su cuerpo, como si fuera una invitación a la provocación, al descaro. Poder apreciar su cintura firme y sin vello encendió mi imaginación, y mientras él seguía con los ordenadores, yo me lo estaba llevando a los baños comunes del pasillo con fines claramente lúdicos.
Una vez allí, el chico y yo nos metimos en uno de los baños y echamos el pestillo. Allí nos quedamos mirando unos segundos, a muy pocos centímetros el uno del otro. Como dos leones en celo, nos abrazamos y empezamos a besarnos a placer. Besar sus carnosos labios era un placer animal, salvaje. Mis manos se dedicaban a perderse por dentro de su camiseta, acariciando con fuerza su espalda, y queriendo indagar por las curvas de su durísimo culo. Le quité su camiseta y él a mí mi camisa de vestir. Tenía un cuerpo perfecto, con pezones gruesos, con líneas separadoras en su tórax. Sus pechos duros, su ombligo para dentro, su vientre que invitaba a hurgar más abajo, donde empezaba la odisea, y aquello no tardaría en llegar. Antes, mi boca se centraba en su estilizado cuello, una provocación al mordisco, al lametón. Mi lengua humedecía de arriba abajo esa obra de arte, consiguiendo gemidos escapados que denotaban un sentimiento placentero. Me apoyé en la pared, y él sobre mí, restregando su culo pétreo sobre mi polla dura y caliente mientras mis manos sobaban su cuerpo y liberaban su polla de un apretado bóxer. Era fácil de imaginar que aquel David de Miguel Ángel debía de tener una polla culmen que redondeara aquella maravilla. La polla perfecta: 19 centímetros, gruesa, de tronco rígido y recto con un capullo amplio y rosáceo; colgando de él, dos huevos gordos y calientes de los que dan volumen al paquete, de los que excitan casi más que la propia polla. Y todo ese conjunto escultórico estaba entre mis manos, y en pocos segundos, dentro de mi boca.
Allí, en mi boca, su polla parecía sentirse como en casa. Mi lengua se encargaba de darle placer, de llevarle a un estado de éxtasis, de sumisión a las riendas de mis labios. Mis manos cogían con fuerza su culo, y las suyas agarraban mi cabellera como queriendo dirigir los movimientos de mi cabeza. Yo succionaba todo líquido que salía de ahí, y tuve que rendirme cuando empecé a notar dolor en la boca por tener todo ese volumen dentro. Me levanté, y entonces fue él quien tuvo que demostrar que no sólo tenía un cuerpo perfecto, sino que sabía manejarlo a la perfección. Su boca grande tenía capacidad para albergar una polla gruesa como la mía, y no tuvo reparos en chuparla durante minutos a pesar de la cantidad de liquido que soltaba fruto de mi excitación. Allí hacía calor, y el sudor empezaba a mostrarse en nuestras frentes.
En esa fantasía no había lugar a la penetración. Su masculinidad excesiva impedía imaginármelo como pasivo, así que aquello acabaría con una paja individual mientras nos comíamos la boca. Él quiso que me corriese en su cara, y no pude rechazar su invitación. Se agachó, abrió su boca, y mi semen en erupción se introdujo dentro de él, mientras emitía pequeños jadeos, pues él se estaba corriendo en su mano. Al terminar, se levantó y restregó todo su semen sobre su pecho y su vientre, mientras nuestros cuerpos regresaban del paraíso y la respiración iba retomando su pulso normal. Nos quedamos mirando un buen rato, sin besarnos ni tocarnos; me llegaba un olor a semen, a hombre, y sólo podía desear que aquello fuese real y ocurriese todas las noches, todas las mañanas. Pero escuché un ruido que me despertó del sueño; mi inventiva hizo de nuevo de las suyas. La mesa ocultaba mi impresionante erección, y ese chico de cuerpo perfecto escapado de un museo florentino salía de aquella sala cargando el último ordenador, sin siquiera despedirse o dedicarme una última mirada de complicidad por todo aquello que había ocurrido en mi mente, sólo en mi mente.
servido por Javi
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6 Mayo 2009
Hace unos años, cuando vivía en Madrid, acudía casi siempre al mismo supermercado. Estaba muy cerca de casa y su oferta de productos estaba bien. Llevaba ya un año acudiendo allí cuando, un día, me fijé en que había un chico nuevo en el puesto de la carnicería. Mientras esperaba mi turno, no paré de observar a aquel chico. Tendría unos 20 años, no demasiado alto, seguramente medía 1,75. Tenía un aspecto atlético, su cuerpo parecía duro como una piedra. Sin duda estaba muy apetecible, pero lo que más me gustaba de él era su rostro. Tenía una mirada picarona de ojos grandes y castaños; de mandíbula fina y angulada y boca grande con labios gruesos. No se puede decir que fuese guapísimo, pero tenía un encanto particular que se multiplicaba cuando hablaba. Tenía un acento madrileño muy gracioso, y se le notaba educado y alegre.
Durante un buen tiempo, empecé a acudir al puesto de la carnicería con cierta ilusión. Me gustaba esperar un poco de cola, porque así podía observarle con detenimiento. Cuando me tocaba pedir, no podía evitar procurar un trato especial con él. Le hacía preguntas sobre los distintos tipos de productos para que pudiese demostrar sus conocimientos carnales; le pedía consejo, e incluso llegó un momento en el que pedía más cantidad de carne de la que luego me llegaba a comer, con lo que más de una vez tuve que tirar algo por ponerse malo.
La complicidad entre los dos fue aumentando. Un día le dije que no me llamara de usted, y sonrió al escucharme. Cuando llegaba mi turno se notaba que se alegraba de verme de nuevo. No siempre surgía salirse de la típica conversación dependiente-cliente, pero lo importante era el brillo de unas miradas que cada vez se alargaban más. Su aspecto era varonil, y cuando me mencionó a su novia di por hecho que ese chico no era gay, y que si se mostraba así de cercano conmigo era porque me tendría por un buen cliente. Un día, una señora le abroncó sin motivo por el regular estado de una carne que compró. Al irse la señora, le hice al chico un gesto de complicidad, y me dijo: "Por desgracia, no todos los clientes pueden ser igual de amables que usted". Y yo volví a pedirle que no me llamara de usted; al fin y al cabo, yo tendría en esa época unos 28 años. Ya en casa me quedé pensando en la mirada que me dedicó cuando me dijo aquello. Esa mirada duró un segundo, quizás dos más de lo normal. Fue tan sincera que hasta me ruboricé, porque era un gesto que me conmovió. Allí en casa, tumbado en la cama, me dio por fantasear en una situación que deseaba que ocurriese. Estando en verano, y sabiendo que su supermercado cerraba al mediodía, imaginé que le ofrecía un día ir a comer a mi casa. Allí hubiésemos disfrutado de una comida ligera mientras nos contábamos cosas de nuestra vida, ya que, al fin y al cabo, nos teníamos aprecio pero no sabíamos nada el uno del otro. Seguramente al principio estaríamos muy cortados, pero poco a poco la conversación hubiese ido fluyendo con cercanía, y las miradas, ahora más próximas, me hubiesen llevado a un estado de felicidad propia de los enamorados....
Después de comer, y con esos calores, le hubiese ofrecido echarse una siesta. Quizás él hubiese aceptado, y al acompañarle a mi habitación y mostrarle mi cama, yo habría hecho el gesto de despedirme y dejarle solo. Y me imaginé que habría dicho algo para evitar reposar solo en esa cama: "¿No quieres dormir tú también? No me importa compartir la cama". Entonces me lo imaginé quitándose la camiseta con la excusa de no arrugarla, y pidiéndome que hiciera lo mismo, que hacía calor en la habitación. Allí los dos, tumbados y descamisados, no habría tardado mucho en tener una gran erección. Estando los dos de lado, con las bocas a pocos centímetros, hubiese sido fácil llegar a ese momento en el que el mundo parece pararse para que dos seres que se quieren se besen con cariñosa pasión juvenil.
Así me imaginaba los besos de mi carnicerito: apasionados, varoniles... con unas manos moviéndose al ritmo de su sangre, con un gran bulto en su pantalón corto acechando con salir en busca de salvajes aventuras húmedas. Quitarnos la ropa en ese estado era como una rendición al diablo, nuestros cuerpos desnudos parecían volar en la cama como dos mariposas entre la flora silvestre de un valle en verano. Aquél chico sólo podía tener una enorme polla, y así lo constaté en ese sueño despierto que estaba teniendo. Mamársela era como viajar a un paraíso de manjares exquisitos. Sentía su calor en cada movimiento de mi boca, la cual enjaulaba aquel miembro duro y corpulento en pleno éxtasis. Mi lengua jugueteaba por su rosado capullo y sólo me interrumpía para buscar un beso de labios con sabor a polla.
No me lo imaginaba pasivo, así que aquella aventura recreada no podía incluir una penetración. Pero dos hombres pueden llegar al límite sin necesidad de llegar a eso, así que nos centramos en darnos placer por el resto de nuestros cuerpos. La pasión sudada se mezclaba con nuestro desenfreno jadeado, nuestras miradas se perdían entre tanto cuerpo desinhibido. Y aquello no podía durar mucho más. Nuestras pollas estaban a punto de estallar, a punto de hacer salir a borbotones un semen fraguado a fuego lento. Cada uno empezó a pajerarse su propia polla mientras nos dedicábamos nuestros últimos besos. Tanta unanimidad sólo podía acabar con una corrida al mismo tiempo, empapándonos mutuamente, uniéndonos en un abrazo que significaba la encarnación de un sentimiento mutuo de cariño prolongado.
Aquella fantasía acababa compartiendo una ducha fría entre abrazos y besos lentos. Por desgracia, esto que he relatado nunca pudo hacerse real. Durante un tiempo mantuvimos esa relación tan especial de miradas prolongadas y sonrisas al saludarnos hasta que, un día, dejó de ir a trabajar. Se le acabó el contrato, o quizás le trasladaron a otro supermercado de la cadena. Pasados los años, aún sueño con encontrármelo, quizás para comprobar si se sigue acordando de mí, y si sus ojos brillarían hoy tanto como en esa época.
servido por Javi
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17 Marzo 2009
Siempre que cojo un tren solo, tiendo a distraerme fijándome en los chicos guapos que pululan por la estación y, posteriormente, por mi vagón. Hace unos días tuve que coger un tren regional para recorrer una distancia de aproximadamente 100 kms. Como tenía billete numerado, me subí en el vagón que me correspondía, y fui buscando el número de mi asiento. Al llegar a él, me di cuenta de que en él estaba sentado un chico de unos 19 años, y junto a él otro chico muy guapo. Como había poca gente en el tren, decidí no reivindicar mi asiento, pero opté por sentarme justo enfrente de ellos, por si acaso más adelante tenía que pedirle mi asiento al chaval.
Al tenerlos justo en frente mía y viéndoles las caras, no tardé en percibir ese aire a homosexualidad que desprendemos los gays y que hace que intuyamos nuestra sexualidad entre nosotros. En este caso, era más fácil si cabe, puesto que ambos demostraban un cierto amaneramiento. Ambos parecían muy cansados; por lo que entendí por su conversación, venían de pasar toda la noche en una ciudad costera, por lo que es fácil imaginar que estaban reventados, pues se ve que habían dormido más bien poco.
De los dos, el que estaba sentado junto al pasillo era el guapo. Pero no sólo guapo, es que era muuuuuuuuuy guapo. Era un chico moreno, de pelo oscuro, sin vello. Sus grandes ojos negros miraban con cierta dejadez juvenil a las cosas, excepto cuando miraba a su compañero de viaje, especialmente cuando recordaban los avatares de la noche pasada. Sus facciones eran perfectas; si me dijeran que se trataba del protagonista de una famosa seria televisiva, me lo creería. Se ve que yo no era el único que creía en su belleza, pues toda chica que pasaba por su alrededor, no podía evitar mirarle con deseo reprimido.
Vestía pantalón vaquero ceñido, camiseta azul de alguna marca vaquera y una camisa entreabierta. Su aire juvenil era insultante, todo relucía en él. Sus labios gruesos y rojizos ocultaban una dentadura perfecta cuando callaba, y su peinado mostraba un cabello sano y fuerte. No tenía un cuerpo musculoso, ni siquiera atlético, pero me lo imaginaba desnudo y pensaba que el mismísimo Miguel Ángel lo hubiese querido como modelo y amante.
Al no parar de mirarle, se dio cuenta de mi excesivo interés en él, pero no parecía incordiarle. Cada mirada mía me lo devolvía con una mirada suya sin ápice de timidez, cosa que yo sí tenía y me impedía mantener la mirada más de dos segundos seguidos. Intuí que no era chico de relaciones con un treintañero, se notaba que no tenía necesidad de experimentar con maduros y que sus coetáneos le bastaban para disfrutar del sexo y la vida.
No obstante, el pensamiento es libre, y el pensamiento sexual... salvajemente libre. Por eso, mientras el tren corría por las vías destino a Sevilla, mi mente viajó por su cuerpo desnudo, y mi boca exploraba y humedecía su cuerpo caliente y suave mientras sus jadeos amenizaban el silencio de una imaginada habitación de hotel. No hay nada más lúdico que unos labios gruesos masculinos, y mi boca almorzaba y cenaba los suyos, uniéndose al festín unas lenguas juguetonas incapaces de salir de su cautiverio. Mientras, mis manos se deslizaban por su cuerpo fibrado, conquistando cada rincón erógeno de su cuerpo.
Su culo era dulce, carnoso y apetitoso; mis manos no paraban de apretarlos fuertemente y acariciarlos con suavidad. Descubrir su polla fue como vislumbrar América, no me lo imaginaba tan bello, tan grande y tan perfecto. Una polla de las que dan ganas de chupar sin parar, aunque duela la boca, porque la excitación es más poderosa que el dolor cuando dos cuerpos deciden disfrutar mutuamente de sus frutos.
Me imaginaba al chico pasivo, y penetrarle resultaba en mi fantasía fácil y placentero. Me bastó humedecer con saliva su puerta de entrada para que mi polla entrara a placer. Quiso hacerlo apoyando sus piernas sobre mis hombros, de forma que tenía su boca cerca para no parar de besarle en cada embestida mía. Él se pajeaba con fuerza mientras, y su rostro de excitación con la mirada perdida aumentaba mis ganas de hacerle disfrutar de lo que podía ofrecerle. Quería que viese que mi cuerpo de treintañero era capaz de llevarle a lo más alto, para que así la próxima vez que uno de los míos le mirase con deseo en un tren, tuviese la opción de verse correspondido por un chico de 19 ó 20 años recién llegado a la vida.
Todo lo narrado transcurrió mientras el tren se dirigía a Sevilla, y el altavoz me despertó de mi sueño al anunciar la llegada a Santa Justa. El chico se levantó para coger sus cosas y por fin pude observarle de pie. Me coloqué detrás de él y mi boca, a pocos centímetros de su cuello, a punto estuvo de adentrarse en él para iniciar lo que en sueños habíamos hecho él y yo, pero la realidad siempre frena los sueños, y el chico bajó del tren perdiéndose entre el gentío para siempre....
servido por Javi
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18 Noviembre 2008
Era domingo, por la tarde, y mi amigo y yo decimos salir de nuestra ciudad para variar. Cogimos el coche y nos fuimos a una ciudad cercana, a unos 20 kilómetros. La idea era ir a una cafetería que ya conocemos bien. Es muy especial, puesto que está situada en el último piso de un edificio de 12 plantas. Ocupa toda la planta, y tiene unas terrazas amplias con grandes vistas a la costa. El ambiente es muy tranquilo. Música de fondo de ascensor, cómodos sofás y una clienta que incluye tanto familias con niños como jóvenes que quedan allí para contarse cómo les fue el fin de semana.
Mi amigo y yo pasamos casi dos horas ahí sentados hasta que decidimos irnos. Antes de hacerlo, fui al baño. El baño de ese establecimiento es pequeño. La puerta de acceso da a un pequeño espacio donde está el lavabo, y dentro hay otra puerta que da al retrete. Al abrir la primera puerta, justo veo que se abre la segunda, y de él sale un chico joven, de unos 20 años. Nos quedamos mirando durante dos segundos, dos segundos que fueron suficiente para poder apreciar con detalle la belleza del chico que me observaba. Era de mi estatura, 1,80 metros, de piel morena, pelo castaño, ojos color miel, labios gruesos. Era delgado, pero su camiseta ajustada insinuaba un cuerpo fibrado y suficientemente musculado. Tenía un aspecto muy jovial; su piel transpiraba juventud, juventud masculina.
Tras esos dos segundos, cada uno hizo un gesto y un balbuceo incomprensible para hacer ver lo que pretendía cada uno: él lavarse las manos y yo entrar por la segunda puerta. Pero el espacio era muy reducido, de forma que el chico se juntó todo lo que pudo al lavabo para así dejarme espacio suficiente para pasar yo. Y así hicimos. Al pasar por detrás de él, mi cuerpo rozó el suyo, con la mala suerte de que estábamos vestidos, y no desnudos. La vida es así, nos llena de vivencias que no pueden ir a más por mucho que deseemos. Desnudos, nuestras pieles se hubiesen rozado con suavidad, sintiendo él mis vellos y yo su piel suave y firme. Su culo duro hubiese rozado mi polla erecta, y mis labios su cuello. Hubiese olido su olor a juventud, a chico sano y limpio, a masculinidad refinada. Mis manos hubiesen saboreado todas las curvas de su cuerpo proporcionado. Quizás él se hubiese girado buscando mi boca para besarnos apasionadamente hasta perder el control de nuestros sentidos….
El chico empezó a lavarse las manos y yo me encerré en el habitáculo preguntándome por qué me pasarán esas cosas que no acaban pasando. En ese momento me dije que acababa de cruzarme con un milagro de la naturaleza, pero que no iba a volverlo a ver jamás. Antes de salir a la calle, mi amigo y yo decidimos asomarnos a la terraza para contemplar las hermosas vistas. Mi sorpresa fue que justo al lado del acceso a la terraza, el chico del baño estaba sentado en uno de esos sofás. Estaba con un amigo, jugando al ajedrez. Me pareció muy simpático el hecho de que mi chico tuviese esa afición que denota personalidad e inteligencia. No sé si sería bueno o no, pero mi excitación subió dos enteros, pues no sólo me pone un chico guapo, sino también un chico que transpira inteligencia.
Por desgracia, nuestras vistas no volvieron a cruzarse. Él andaba muy concentrado en el juego que le tenía consumido, y yo, en la terraza, ignoraba la belleza del mar y el atardecer en pro de la belleza hecha carne. Quizás no vea más a ese chico, pero su recuerdo quedará guardada en este pozo de los chicos de mis sueños, que no pudieron ser, pero lo fueron en un rincón de mi imaginación….
servido por Javi
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8 Noviembre 2008
Aquel fin de semana de febrero era de los más fríos que recuerdo en Madrid. Como siempre que paso unos días en la capital, me instalé en un hotel lo más cercano posible al centro. En esta ocasión estaba en uno situado en la calle Princesa. Lo que ocurrió el fin de semana no merece la pena ser contado, pero lo que nunca olvidaré es lo acontecido el lunes por la mañana, unas horas antes de abandonar Madrid hasta una próxima ocasión.
El domingo por la tarde llamé a Julián, un chico de 19 años al cual conocí por los perfiles meses antes. No era un chico con quien hubiese tenido demasiado trato, ya que apenas frecuentaba el messenger, pero había hablado por teléfono con él en dos ocasiones y me pareció siempre un chico que inspiraba confianza a pesar de su sequedad en el trato. No conocía su rostro, ni sus rasgos físicos. La única foto que tenía en el perfil era de su polla en erección, la cual resultaba, sin duda, muy apetecible.
El caso es que quedamos para vernos el lunes por la mañana en la puerta de la recepción. La hora era realmente extraña para una quedada, pero era la única viable: él a las 12 debía ir a la facultad, y yo tenía que dejar el hotel y luego Madrid. Estaba nervioso, pues no sabía bien para qué habíamos quedado exactamente. En la conversación del domingo ninguno de los dos hizo ningún comentario alusivo al sexo; aunque, al quedar justo en la entrada del hotel, esa puerta quedaba abierta. Julián fue muy puntual, y a las nueve en punto llegó al hotel. Le hice un gesto con la mano, y a medida que se iba acercando, la figura de un chico joven y guapo se iba formando en mi retina. Nos dimos la mano y le pregunté qué le apetecía hacer. No lo dudó ni un instante y me contestó: “Subimos a la habitación, ¿no?” En esos dos minutos de camino al 304 de aquel hotel una leve sonrisa esparcía entusiasmo en cada paso. Hacía más de dos meses que no tenía sexo compartido, y esa mañana se auguraba muy buena.
Nos sentamos en un pequeño sofá de la habitación y empezamos a hablar de temas típicos entre dos desconocidos. Que qué tal sus exámenes, que qué tal mi fin de semana en Madrid…. Tras unos minutos de conversación, ambos nos quedamos callados, momento que aproveché para romper el hielo acercando mi mano a su mejilla, y le hice una caricia cariñosa. Entonces fue como si hubiese activado el motor de un tren, pues Julián se abalanzó sobre mí y empezó a besarme con pasión. Hasta entonces, él mostraba ser un chico algo tímido, discreto…. Pero en ese momento parecía como si un jaguar hubiese entrado en su cuerpo. Se sentó encima mía, y nos fuimos quitando la ropa, la cual acababa dispersada por el suelo. Al quedarnos sólo con el bóxer nos levantamos rumbo a la cama. En ese momento me fijé bien en su cuerpo, antes apenas pude. Era delgado, fino, sin vello, excepto en las piernas. Apenas tenía músculos, pero era una delgadez bella, con todo muy bien puesto. Y en su entrepierna, un gran bulto hacía intuir lo que ya sabía, que Julián era poseedor de una enorme y preciosa polla.
Por fin nos quedamos desnudos, y seguimos con nuestros besos apasionados. Siempre he tenido debilidad por los cuellos masculinos. Adoro pasar mi lengua por ellos, saborear la piel, dar placer con cada lamido y cada beso. Julián se entregaba como un jabato en celo, pero siempre mostraba su lado más dulce. Tuvo el detalle de preguntarme cómo me gustaba que me pajeasen, y luego cumplió a rajatabla mis indicaciones. Pronto pasamos al sexo oral. Aquella maravilla tenía que pasar por mi boca cuanto antes. Ambos teníamos pollas muy parecidas, si bien la suya era más larga, y la mía un poco más gruesa. Ambas eran rectas, con el glande grande, de buen aspecto. Siempre he dicho que para que una polla entrase en mi boca, antes tenía que entrar por mis ojos; y con la de Julián no hubo duda.
Como los dos éramos activos, tuvimos que centrarnos en las mamadas, los besos y las caricias para disfrutar del sexo en aquella mañana de lunes. No tardamos en practicar el 69, bien manteniendo ladeados nuestros cuerpos, bien estando yo tumbado boca arriba y él sobre mí apoyando sus extremidades. Julián parecía disfrutar como un loco, y yo no paraba de pensar lo afortunado que era pudiendo disfrutar esas tres horas con este chico de Madrid de aspecto jovial y universitario. Y no había apenas tiempo para el respiro. El tiempo pasaba rápido, y es tremendo pensar lo mucho que puede aguantar el cuerpo humano en esa situación. Todo indicaba que aquello iba a ser un polvo larguísimo, en vez de dos polvos seguidos. De vez en cuando dejábamos de tocarnos las pollas para evitar una corrida a destiempo.
En la cama soy muy besucón, y sus labios, sin ser muy gruesos, sí eran muy apetecibles. No teníamos nuestras bocas paradas: siempre había algo que lamer, algo que chupar, algo que morder…. Y llegó el momento de plantearse cómo y cuándo correrse. Yo no podía aguantar mucho más, así que me monté sobre él y fui restregándome sobre su cuerpo hasta que me corrí en su vientre…. Luego él puso su polla en mi boca y la fui chupando hasta que estaba a punto de estallar. Se sentó sobre mí y empezó a tocársela con fuerza hasta correrse sobre mi pecho…. Cuando ese momento llega, recuerda a esos segundos después de un terremoto. Los cuerpos se van relajando de la pasión desvivida, los jadeos se convierten en respiros suaves…. Nos miramos como dos personas que acaban de vivir algo que les ha unido para siempre.
Después de aquello, nos fuimos al baño para ducharnos juntos. Fue muy tierno ver cómo Julián se preocupaba por extender bien el gel sobre mi cuerpo, y cómo pasaba el agua sobre mí para quitarme la espuma, entre pequeños besos en los labios y el cuello. Lo mismo hice yo con él, y tras la ducha, empezó el camino hacia nuestras realidades cotidianas; fue como si aquella ducha se hubiese llevado no sólo nuestro sudor, sino también ese mundo en el que nos embarcamos tres horas antes. Apenas hablamos mientras abandonábamos el hotel y nos dirigíamos a su parada de metro. La despedida fue fría. En mitad de la calle, muchos chicos gays pierden la naturalidad que suele aflorar entre paredes que lo ocultan todo. Algo me hacía pensar que aquella iba a ser la última vez en ver a mi recién adorado Julián, y así fue. Después de aquella mañana, seguimos tratándonos por el msn de vez en cuando; algún email cariñoso, algún mensaje al móvil. Pero Julián, que se declaraba bisexual, me comentó meses después que quería decantarse por las chicas, abandonando pues su lado homosexual, debido más que nada a los problemas que en su caso tendría que afrontar un chico perteneciente a una familia bien de pensamiento clásico.
Y así fueron mis tres horas con Julián: una epopeya de sensaciones con una vida muy corta en hechos, pero eterna en mi memoria…. y quizás en la suya.
servido por Javi
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8 Noviembre 2008
Aquel fin de semana de febrero era de los más fríos que recuerdo en Madrid. Como siempre que paso unos días en la capital, me instalé en un hotel lo más cercano posible al centro. En esta ocasión estaba en uno situado en la calle Princesa. Lo que ocurrió el fin de semana no merece la pena ser contado, pero lo que nunca olvidaré es lo acontecido el lunes por la mañana, unas horas antes de abandonar Madrid hasta una próxima ocasión.
El domingo por la tarde llamé a Julián, un chico de 19 años al cual conocí por los perfiles meses antes. No era un chico con quien hubiese tenido demasiado trato, ya que apenas frecuentaba el messenger, pero había hablado por teléfono con él en dos ocasiones y me pareció siempre un chico que inspiraba confianza a pesar de su sequedad en el trato. No conocía su rostro, ni sus rasgos físicos. La única foto que tenía en el perfil era de su polla en erección, la cual resultaba, sin duda, muy apetecible.
El caso es que quedamos para vernos el lunes por la mañana en la puerta de la recepción. La hora era realmente extraña para una quedada, pero era la única viable: él a las 12 debía ir a la facultad, y yo tenía que dejar el hotel y luego Madrid. Estaba nervioso, pues no sabía bien para qué habíamos quedado exactamente. En la conversación del domingo ninguno de los dos hizo ningún comentario alusivo al sexo; aunque, al quedar justo en la entrada del hotel, esa puerta quedaba abierta. Julián fue muy puntual, y a las nueve en punto llegó al hotel. Le hice un gesto con la mano, y a medida que se iba acercando, la figura de un chico joven y guapo se iba formando en mi retina. Nos dimos la mano y le pregunté qué le apetecía hacer. No lo dudó ni un instante y me contestó: “Subimos a la habitación, ¿no?” En esos dos minutos de camino al 304 de aquel hotel una leve sonrisa esparcía entusiasmo en cada paso. Hacía más de dos meses que no tenía sexo compartido, y esa mañana se auguraba muy buena.
Nos sentamos en un pequeño sofá de la habitación y empezamos a hablar de temas típicos entre dos desconocidos. Que qué tal sus exámenes, que qué tal mi fin de semana en Madrid…. Tras unos minutos de conversación, ambos nos quedamos callados, momento que aproveché para romper el hielo acercando mi mano a su mejilla, y le hice una caricia cariñosa. Entonces fue como si hubiese activado el motor de un tren, pues Julián se abalanzó sobre mí y empezó a besarme con pasión. Hasta entonces, él mostraba ser un chico algo tímido, discreto…. Pero en ese momento parecía como si un jaguar hubiese entrado en su cuerpo. Se sentó encima mía, y nos fuimos quitando la ropa, la cual acababa dispersada por el suelo. Al quedarnos sólo con el bóxer nos levantamos rumbo a la cama. En ese momento me fijé bien en su cuerpo, antes apenas pude. Era delgado, fino, sin vello, excepto en las piernas. Apenas tenía músculos, pero era una delgadez bella, con todo muy bien puesto. Y en su entrepierna, un gran bulto hacía intuir lo que ya sabía, que Julián era poseedor de una enorme y preciosa polla.
Por fin nos quedamos desnudos, y seguimos con nuestros besos apasionados. Siempre he tenido debilidad por los cuellos masculinos. Adoro pasar mi lengua por ellos, saborear la piel, dar placer con cada lamido y cada beso. Julián se entregaba como un jabato en celo, pero siempre mostraba su lado más dulce. Tuvo el detalle de preguntarme cómo me gustaba que me pajeasen, y luego cumplió a rajatabla mis indicaciones. Pronto pasamos al sexo oral. Aquella maravilla tenía que pasar por mi boca cuanto antes. Ambos teníamos pollas muy parecidas, si bien la suya era más larga, y la mía un poco más gruesa. Ambas eran rectas, con el glande grande, de buen aspecto. Siempre he dicho que para que una polla entrase en mi boca, antes tenía que entrar por mis ojos; y con la de Julián no hubo duda.
Como los dos éramos activos, tuvimos que centrarnos en las mamadas, los besos y las caricias para disfrutar del sexo en aquella mañana de lunes. No tardamos en practicar el 69, bien manteniendo ladeados nuestros cuerpos, bien estando yo tumbado boca arriba y él sobre mí apoyando sus extremidades. Julián parecía disfrutar como un loco, y yo no paraba de pensar lo afortunado que era pudiendo disfrutar esas tres horas con este chico de Madrid de aspecto jovial y universitario. Y no había apenas tiempo para el respiro. El tiempo pasaba rápido, y es tremendo pensar lo mucho que puede aguantar el cuerpo humano en esa situación. Todo indicaba que aquello iba a ser un polvo larguísimo, en vez de dos polvos seguidos. De vez en cuando dejábamos de tocarnos las pollas para evitar una corrida a destiempo.
En la cama soy muy besucón, y sus labios, sin ser muy gruesos, sí eran muy apetecibles. No teníamos nuestras bocas paradas: siempre había algo que lamer, algo que chupar, algo que morder…. Y llegó el momento de plantearse cómo y cuándo correrse. Yo no podía aguantar mucho más, así que me monté sobre él y fui restregándome sobre su cuerpo hasta que me corrí en su vientre…. Luego él puso su polla en mi boca y la fui chupando hasta que estaba a punto de estallar. Se sentó sobre mí y empezó a tocársela con fuerza hasta correrse sobre mi pecho…. Cuando ese momento llega, recuerda a esos segundos después de un terremoto. Los cuerpos se van relajando de la pasión desvivida, los jadeos se convierten en respiros suaves…. Nos miramos como dos personas que acaban de vivir algo que les ha unido para siempre.
Después de aquello, nos fuimos al baño para ducharnos juntos. Fue muy tierno ver cómo Julián se preocupaba por extender bien el gel sobre mi cuerpo, y cómo pasaba el agua sobre mí para quitarme la espuma, entre pequeños besos en los labios y el cuello. Lo mismo hice yo con él, y tras la ducha, empezó el camino hacia nuestras realidades cotidianas; fue como si aquella ducha se hubiese llevado no sólo nuestro sudor, sino también ese mundo en el que nos embarcamos tres horas antes. Apenas hablamos mientras abandonábamos el hotel y nos dirigíamos a su parada de metro. La despedida fue fría. En mitad de la calle, muchos chicos gays pierden la naturalidad que suele aflorar entre paredes que lo ocultan todo. Algo me hacía pensar que aquella iba a ser la última vez en ver a mi recién adorado Julián, y así fue. Después de aquella mañana, seguimos tratándonos por el msn de vez en cuando; algún email cariñoso, algún mensaje al móvil. Pero Julián, que se declaraba bisexual, me comentó meses después que quería decantarse por las chicas, abandonando pues su lado homosexual, debido más que nada a los problemas que en su caso tendría que afrontar un chico perteneciente a una familia bien de pensamiento clásico.
Y así fueron mis tres horas con Julián: una epopeya de sensaciones con una vida muy corta en hechos, pero eterna en mi memoria…. y quizás en la suya.
servido por Javi
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