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Terra
La Coctelera

El Malabarista Del Circo

  

    Siempre que un circo visita nuestras ciudades, se encargan de hacérnoslo saber a base de carteles por todas las calles. "El Gran Circo Tal... de tal día a tal otro". En este cartel suelen aparecer también algunos de los artistas que actúan en el show. Un día que iba paseando me dio por pararme y observar con detenimiento a cada uno de ellos. Salía el orondo presentador, el domador de elefantes, el payaso tristón, la equilibrista, un perro que bailaba... y en una esquina, me fijé en un chico moreno de grandes ojos: el malabarista. Usaba un nombre inglés, pero di por hecho que sería su nombre artístico, pues su aspecto era el de cualquier joven español. Me pareció guapo, muy guapo. Un chico atlético, pero aparte de un aspecto jovial y tremendamente sexy.

    Durante días, siempre que paseaba por las calles, dedicaba una prolongada mirada a mi malabarista particular. Me gustaba tanto ese chico, que en un momento de lucidez se me ocurrió algo para poder verle en persona: llevar a mi sobrino al circo. Así que el domingo siguiente acudimos al show de las 7 de la tarde. Mi sobrino lo pasaba pipa con todos los que iban pasando por la arena, pero yo estaba deseoso de ver a mi malabarista bien de cerca. Cuando acabó el espectáculo del perro transformista, apareció el chico con un traje azul metálico muy ceñido al cuerpo. No era muy alto, pero tenía un cuerpo modelado a base de ejercicios acrobáticos: espalda ancha, brazos fuertes, cuello estilizado, carnoso... piernas fuertes, culo voluminoso y duro... Mientras todos los presentes observaban sus malabarismos, yo sólo podía prestar atención a su físico. Ese paquete marcado me estaba volviendo loco, y deseaba que se pusiera de espaldas para así apreciar mejor su retaguardia. Todos le aplaudían por su habilidad... yo, en cambio, por su capacidad para excitarme como pocas veces.

    Una vez que acabó el espectáculo, abandonamos la carpa con cierta tristeza. Mi sobrino se quedó con ganas de más, y yo... también. Nos quedamos por fuera dejando pasar a la gente, los cuales iban alejándose del recinto poco a poco. Yo miraba de un lado a otro por si acaso aparecía mi malabarista moreno. Y de tanto desearlo, ocurrió. El chico salió de una caravana, y parecía estar buscando a alguien. Aún seguía con su traje ceñido, y se vino hacia nosotros. Durante unos segundos se mantuvo a apenas medio metro de mí, parado, buscando con la mirada. Yo aproveché esos segundos como un regalo divino, apreciando todo lo que estaba a mi vista. La sensualidad hecha escultura de carne, masculinidad, jovialidad... todo aquello que me hace convertirme en un amante fogoso cuando dichas cualidades se derriten en mis manos... y en mi lengua.

    Como suele ocurrirme en estos casos, mi alma pareció escaparse de mi cuerpo y mi situación para coger al malabarista de las manos y llevármelo a algún rincón para disfrutar de una noche húmeda de besos, tocamientos y rugidos de leones. Me imaginé que me llevaba a su caravana, y que allí nos dábamos un primer lote de lenguas entrecruzadas y saliva impregnada en todo su cuerpo. Cuando empezaba aquello a animarse, echó una carcajada, y me dijo que no podía seguir, que necesitaba ducharse y comer algo antes. Yo pensaba que podría compartir con él las aguas calientes de la ducha, pero me dijo que esperara en ese estrecho sofá, y me encendió un televisor pequeño y antiguo.

    Salió de la ducha con una toalla muy blanca alrededor de su cintura. No hay nada que me excite más que un joven fibroso recién salido de la ducha... Sin complejo alguno echó la toalla al suelo, mostrando su desnudez a unos ojos, los míos, que deseaban salirse de su cavidad para apreciar mejor cada detalle. Su polla permanecía flácida, muy al contrario que la mía, que a punto estaba ella misma de bajar la cremallera de mis pantalones. Se puso unos vaqueros gastados y una camiseta blanca de manga larga. Luego sacó unos sándwiches que tenía ya preparados y se sentó a mi lado ofreciéndome cenar con él. Durante dos horas estuvimos así, charlando, viendo un programa malo de la tele, como viejos amigos o novios que aún no se han estrenado. Disfrutaba de la complicidad que me otorgaba aquel momento, pero he de reconocer que añoraba el momento de su desnudez. Llegué a pensar que igual él no quería sexo, sino quizás un poco de compañía, pues se quiera o no, tanta trashumancia puede aumentar la falta de cariño de quienes lo padecen. Pero no fue sólo eso, el chico estaba dejando pasar el tiempo para poder pasar luego a otro escenario mucho más excitante que una estrecha caravana.

    A eso de las 11 de la noche, cuando la tranquilidad reinaba en el recinto circense, me sacó de su hogar rodante cogiéndome la mano. Me dijo que me iba a enseñar algo que me iba a gustar. No tardé mucho en descubrir con qué me quería sorprender: la jaula de los leones. Eran tres leones grandes y salvajes, que permanecían semi dormidos hasta que aparecimos nosotros. La jaula estaba tapada por una lona con techo y paredes, para así evitarles el contacto con el frío aire del invierno, y había un espacio como de dos metros entre los barrotes y la lona. La grandiosidad del animal me maravilló; dos de ellos parecían obviarnos, pero el tercero no nos quitaba ojo, y de vez en cuando soltaba un rugido que me recordaba a mi infancia, quizás por lo mucho que me gustaban las viejas películas de Tarzán.

    No paraba de observar al león más despierto cuando, de repente, siento que el malabarista me abraza con ternura y acerca su boca a mi cuello. Sus manos comienzan un recorrido por todo mi cuerpo, y no tardo en notar la dureza de su entrepierna apretando sobre mi culo. Sin decirme nada, empezó a desnudarme, y con el último botón de mi camisa me di cuenta de que, por primera vez en mi vida, un animal salvaje iba a ser espectador de mis artes amatorias. Aquello parecía excitar sobremanera al chico, y pensé que seguramente hacía lo mismo en cada ciudad que recorría por su gira. Pero aquello no me importó; en cualquier caso, yo fui el elegido aquella noche, y quería disfrutar del momento.

    Entre rugidos y paseos del animal, nos quedamos completamente desnudos. Su cuerpo era tal y como lo resaltaba su ceñido traje de faena. Era muy moreno, con músculos muy marcados, sin ningún vello que estropeara las líneas de sus músculos. Su polla, ya por fin dura como el mármol, era tal y como me gustan: de unos 18 centímetros, gruesa, recta, con el capullo más grande que el tronco, y con aspecto limpio y sano. Me agaché y devoré su polla como un animal hambriento; aquella belleza se merecía mis ganas, y no sé qué me excitaba más, si sus gemidos de joven veinteañero o los rugidos de la fiera bestia. Después de tener una polla en mi boca, me gusta mucho acercarme a la boca y dar un beso apasionado. No he hablado de su rostro: moreno de piel, cabello abundante bien modelado, aspecto juvenil y masculino, con ojos grandes de un color oscuro muy vivo y una boca grande de labios carnosos, y dentro de ella, una lengua rosada que me excitaba a más no poder cuando salía condescendiente de su interior. Le gustaba lamerme, y fue el chico que más lejos me ha llevado a través de mi cuello. Luego se lo devolví haciendo lo propio con el suyo, tan carnoso y esbelto. Aquello nos llevó a una pasión desenfrenada, y no tardó en pedirme que se la metiera bien fuerte. Se puso a cuatro patas, y yo me eché sobre él, como un par de leones copulando en la sabana africana. Le entró más fácil de lo que yo pensaba, y una vez dentro, me sentí como un vaquero que tiene domado a su caballo salvaje.

    Me encanta lamer la espalda de un chico mientras le penetro, y sentir la esponjosidad de los cachetes de  su culo en cada embestida. Pensé que no iba a tardar mucho en correrme de seguir así, pero él me pidió cambiar de postura, y acabamos yo tumbado en el suelo, y él sentado en mí, no sin antes hacerme una mamada escandalosa con sus labios rojizos e hinchados. Ahora era yo la bestia domada y él el jinete eléctrico. El malabarista no paraba de sonreír, quizás era por la costumbre que tienen los circenses de sonreír durante la ejecución de su espectáculo. Pero tenía una sonrisa tan bella, tan auténtica, que aquello me gustó más si cabe.

    Le dije que me iba a correr; "Yo también", me respondió.  Y en cuestión de segundos los dos nos corrimos a la vez, dejando escapar un poco de nosotros mismos en cada oleada de semen, y rodeados de un acertado rugido que envolvía nuestros gritos de placer. Después de volver en sí, el chico se tumbó encima de mí, y permanecimos como media hora más así, desnudos frente a los leones, sin hablar, y relajados tras ese momento tan pasional. Luego nos fuimos a su caravana y nos dimos, esta vez sí, una ducha de agua caliente compartida, entre miradas y risas recordando lo vivido minutos antes.

    Entonces mi sobrino me tiró de la mano, haciéndome saber que tenía hambre, y que quería irse ya con sus padres. El malabarista, aún a medio metro de mí, pareció encontrar a su objetivo. Se acercó a la joven equilibrista y le rodeó con sus brazos entre risas. Y así perdí de vista al joven circense con nombre artístico en inglés, con el que momentos antes había pasado una noche salvaje y pasional entre rugidos de leones.

 

El Chico Bajo La Lluvia

 

    Estas últimas semanas ha llovido más que nunca, al menos mis ojos no vieron jamás caer tanta agua del cielo y durante tanto tiempo seguido. El jueves pasado, por la tarde, era otro de estos días lluviosos, grises, oscuros y tristes. En el interior de una cafetería intentábamos un amigo y yo encontrar el calor que nos pedía el cuerpo; un café y un dulce nos ayudaban a ello. Una hora después, tuvimos que salir, paraguas en mano, para acercarnos a una tienda cercana a una zona deportiva donde muchos practican deportes al aire libre. La zona de aparcamientos que rodeaba la tienda estaba muy oscura; ninguna de las farolas iluminaba aquel espacio. Tras hacer una devolución, salimos de la tienda con prisas para llegar cuanto antes al coche, pero justo al salir hubo algo que hizo ralentizar mi marcha: a mi izquierda, bajo un techo exterior, y como animal silvestre que se protege de la lluvia, un chico de ojos grandes parecía esperar a que escampara para poder salir de allí sin mojarse. No pude evitar girar la cabeza dos veces para observarle con detenimiento, y las dos veces fueron correspondidas con otras sendas miradas de él hacia mí.

    Aquel chico, de unos veinte años, venía de practicar algún deporte. Vestía un chándal azul y blanco, y bajo dicha prenda se ocultaba un cuerpo fibrado, atlético, juvenil y lleno de energía. Tenía el cabello húmedo, seguramente la lluvia le cogió por sorpresa y tuvo que hacer una escala bajo ese techo. No tenía paraguas ni ninguna prenda que le evitara calarse hasta los huesos. Con la primera mirada ya me di cuenta de que era un chico guapísimo. Moreno, grandes ojos oscuros, boca grande con labios gruesos... Con la segunda mirada ya percibí que le deseaba tener entre mis brazos.

    Bajo la lluvia llegamos al coche. Una vez allí, y mientras arrancaba el coche, el chico decidió salir de aquel rincón y enfrentarse a la cruel lluvia que aquella noche quería empaparle con su humedad constante. Empezó el coche a avanzar camino de la salida del aparcamiento, y pasamos junto al chico que, casi al trote, intentaba llegar a algún destino lo antes posible. Al pasar junto a él, le dediqué otra prolongada mirada, la cual fue correspondida de nuevo. Esta vez noté en su mirada una cierta sensación de desamparo. Me miraba como rogándome que nos paráramos y le invitáramos a entrar en el coche y acercarle a su casa si no era molestia. Como en otras ocasiones, había un tercer elemento en esta historia que cancelaba cualquier posibilidad de llevar a cabo mis sueños: el amigo que me acompañaba. No sé qué hubiese ocurrido de haber estado solo en esa situación. A lo mejor no hubiese tenido el valor de parar el coche e invitarle a subir, o al menos preguntarle si necesitaba que le acercara a algún sitio. Pero algo me dice que, tras esa tercera mirada, mis pies habrían empujado el pedal del freno aunque mi habitual timidez lo hubiese desaconsejado.

    Por unos momentos me vi a mí mismo conduciendo aquel coche, sin amigo al lado, y bajando la ventanilla para invitarle a subir a gritos, para que me escuchara. Me imaginé al chico subiendo, y con una amplia sonrisa en sus labios y sus ojos, agradecerme que hubiese tenido el detalle de recogerle. Yo le hubiese dicho que no pasaba nada, que tenía tiempo de sobra y que no era molestia alguna. Seguramente sus enormes ojos me hubiesen obligado a mirarle a cada rato que pudiese. Ojalá viviese en la otra punta de la ciudad, para así prolongar al máximo aquel encuentro fortuito. Me imaginaba conduciendo, y aquel chico narrándome su aventura de aquella tarde, el porqué salió sin paraguas, qué deporte practicaba, y todo aquello que se puede hablar en esas circunstancias. Pero seguro que hubiese habido otra conversación: el existente entre nuestras miradas, con unos ojos intentando captar cada detalle, declarando cada intención en cada parpadeo, deseando  retratar de por vida la belleza que se contemplaba...

    Al llegar a la dirección indicada, me lo imagino agradeciéndome el favor y, tras un breve titubeo, invitándome a pasar a su casa y tomarme algo caliente. Si me lo hubiese pedido, por nada del mundo le hubiese dicho que no. Me lo imaginé diciéndome que sus padres no volverían hasta dos horas más tarde, y que así no tenía que sentirme incómodo. Una vez en su casa, y con la excusa de su ropa empapada, me hubiese dicho que le esperara en la salita, que él iba a pegarse una ducha caliente. Pero justo tras decir esto, y antes de salir de la habitación, me hubiese dedicado una última mirada, con una leve sonrisa de Gioconda, invitándome a tomar la decisión de decidir si aquella tarde iba a ocurrir algo especial entre los dos.

    El sonido de la ducha me llegaba con claridad, con lo cual deduje que aquel chico cuyo nombre aún desconocía, había dejado la puerta del baño abierta. Como un explorador que sabe que va a encontrar un tesoro, me fui acercando al sonido del agua caer... sabiendo que bajo esas gotas calientes de agua se encontraba un chico desnudo, deseoso de tenerme a su lado, compartiendo el vaho que se producía y que empañaba el inmenso cristal de aquel baño. Entré, y a cada paso me desprendía de una prenda, hasta llegar a la bañera que ocultaba una cortina azul completamente desnudo. Asomé la cabeza, y lo primero que observé fue la inmensa erección que coronaba su pelvis. Alcé la mirada, y sus inmensos ojos me sonreían, aunque sus labios permanecían serios, seductores, entre abiertos... Entré en la bañera, y no tardó en darme la bienvenida con un abrazo sincero, reposando su cabeza sobre mi cuello, y sus manos acariciando mi espalda. Nos miramos un buen rato, mientras nuestras pollas se golpeaban allá abajo. Él dejó escapar una sonrisa, y aquello fue el pistoletazo de salida para que empezáramos a comernos a besos bajo el agua caliente.

    Mis manos estaban distraídas explorando su cuerpo, cada curva del mismo era saboreada por ellas con entusiasmo. Tenía un cuerpo duro, pero muy suave. Su culo duro y para fuera daba muestra de las muchas horas que ha debido pasar practicando su deporte favorito. Yo no tenía un gran cuerpo que ofrecerle, pero parecía disfrutar sobremanera del vello que me acompañaba. No sé quién de los dos estaba más excitado, pero ambos disfrutábamos por igual de aquel momento mágico surgido por una lluvia y por un paraguas que se quedó olvidado en casa. No hubo rincón de su cuerpo que no hubiese sido recorrido por mi lengua, y creo que me había tragado la mitad del agua que salió aquella tarde de la ducha. Como los pantanos están ahora llenos, incluso desbordándose, no tengo reparos en decir que al menos estuvimos una hora bajo la ducha. Litros y litros de agua cálida resbalando sobre nuestros cuerpos... y no sé quién calentaba a quien, si el agua a nuestros cuerpos o nuestros cuerpos al agua.

    Aquella aventura acabó con una invitación por su parte para penetrarle. Se dio la vuelta y me dijo que toda aquella redondez era mía. Apreté fuerte y nuestros seres se unieron gracias a ese divino apéndice, quizás la creación más lograda por Dios. Los jadeos se fueron mezclando con palabras recreadas en ese excitante momento, jaleando un sentimiento recién nacido, pero no por ello menor. Un empuje tras otros, una exhalación tras otra... dos cuerpos en busca del placer absoluto, que se hinchaban de excitación para acabar explotando en una riada de semen volcánico. Permanecimos abrazados y de pie, con mi polla aún en su interior, y cuando nuestros cuerpos no podían más, nos dejamos caer sobre la bañera llena de agua, y él apoyó su cuerpo sobre el mío mientras yo le rodeaba con mis brazos protectores. Y sin hablar, con los ojos cerrados, nos limitábamos a sentir nuestra mutua respiración, nuestro mutuo latir, que parecía salir de un único corazón. Aquello sólo podía ser el origen de algo único, de un sentimiento eterno, de un paraíso exclusivo para los dos... Si no fuera... porque aquello fue destrozado por el claxon del coche que conducía mi amigo. Y aquella mirada del chico bajo la lluvia se fue alejando, me temo, que para siempre.

El Camarero De Sevilla

   

    Debo reconocer que siempre que entro en una cafetería o un bar, de las primeras cosas que hago es fijarme en los camareros, siempre con la esperanza de que haya al menos un chico guapo que luzca un buen culo con esos pantalones ajustados que suelen llevar ellos. Sin embargo, aquella mañana en Sevilla no me fijé en el personal de aquella cafetería bien puesta que había encontrado por casualidad. Yo iba con un amigo, y después de quitarnos los abrigos y sentarnos, se plantó frente a nosotros un chico que al verlo me sorprendió como el marinero que de repente se topa con una bandada de delfines.

    ¿Qué cómo era el chico? Simplemente, perfecto. Ante todo masculino. Era de esos chicos jóvenes que despliegan masculinidad en cada centímetro de piel que les rodea, pero como todo veinteañero, tenía ese aire jovial que le alejaba de los rasgos más rudos de un hombre ya hecho. A simple vista, aquel chico tendría unos 21 años, quizás 23 bien llevados. Su piel era más bien clara, su pelo moreno. Peinaba de forma varonil pero con ese toque moderno que saben lucir los jóvenes de hoy en día. Aunque estaba acabando su turno, tenía esa imagen de chico recién aseado, que huele bien y sabe mejor. De estatura, llegaría al 1,80; y era más bien fornido, pero no como el que va todas las tardes al gimnasio, sino como aquel que trabaja con sus brazos, como el que se hace cien flexiones cada noche antes de acostarse.

    Lo peor de ir acompañado es que uno no puede ser tan descarado a la hora de apreciar a un chico guapo. Así que debía aprovechar todas las ocasiones que la relación camarero-cliente lo permitía. Se puso junto a mí, libreta y boli en mano, y nos preguntó qué queríamos para desayunar. Le miré a los ojos, y como aquel que está recitando Las Mil Y Una Noches, le pedí con los ojos adentrándose en los suyos un café con leche. Le hubiese pedido toda la carta con tal de poder hablarle y mirarle durante el máximo tiempo posible. Sus ojos eran oscuros, muy grandes, con largas pestañas que potenciaban su belleza en el rostro. Sus mejillas estaban cubiertas por una barba de tres días que parecía encajado a la perfección vello a vello. Su piel ya dije que era clara, pero unas nubes rojizas decoraban sus mejillas, quizás fruto del sofoco de la calefacción, ojalá fruto de la excitación al verme.

    Su voz masculina y fresca recitó en alto lo pedido por nosotros para asegurarse, y su voz me pareció el complemento ideal para acompañar el roce de su piel en una noche de desnudos y jadeos al aire. Unos labios carnosos rodeaban una boca lujuriosa que invitaba a ser explorada por mi incesante lengua. Luego se dio la vuelta y esperé segundo y medio para girar mi cabeza y contemplar su culo. Era de esos redondos, bien colocaos, duros, y que con el movimiento al andar se ajustaba y se desajustaba al pantalón, creando un divertido juego de "ahora se ve, ahora no se ve". Yo sólo deseaba escondernos en cualquier rincón y bajarle los pantalones mientras yo, arrodillado, imploraba que aquella obra de arte estuviese coronada por una buena polla que llevarse a la boca.

    Al rato vino con nuestros desayunos, y lo colocó de manera ágil sobre la mesa. Al posar la taza se colocó muy cerca de mí, alce la mirada y me lo imaginé cabalgando sobre mí, ejerciendo la pasividad y llevándonos mutuamente al éxtasis, al júbilo y a la explosión de un centenar de jadeos extasiados. Apenas podía mantener una conversación coherente con mi amigo en esas condiciones. Quise robar miradas en cada ocasión que tenía. Disimulaba buscando un periódico con la mirada, o mirando sin mirar algún cartel o algún cuadro expuesto. Todo con tal de poder desviar la vista y dirigirla al merecedor de todas las miradas: ese camarero de Sevilla que podía llamarse Héctor, Hugo, Marcos, Iván o cualquiera de esos nombres que en mi imaginación potencian el carisma de quien así se llama.

    Mientras mi amigo ojeaba la prensa en silencio, yo pude escaparme a ese rincón de mi mente donde se estaba cometiendo ese acto lujurioso entre el chico y yo. Estábamos de pie, frente a frente, con nuestros cuerpos bien juntos y nuestras bocas muy cercanas. Su barba me recordaba su presencia cada vez que juntaba mi mejilla con la suya. Yo buscaba la suavidad masculina pero, en cambio, recibí el picor de los vellos de tres días. No me quedaba más remedio que buscar dicha suavidad en otras partes de su cuerpo. Por suerte para mí, el chico apenas tenía vello en su cuerpo. Lo descubrí tras quitarle la ropa casi con los dientes. Sus pezones eran carnosos, su ombligo para adentro. Sus piernas robustas, su culo... su culo merecía ser adorado por alguna tribu lejana. Esa manera rotunda de salir para fuera, esa adaptación a los movimientos de mi mano sobre él... Le bajé el bóxer y su polla de 18 centímetros golpeó mi rostro a modo de presentación. Era tan perfecta, tan de mi gusto... Recta, sin operar, con el capullo rosado, con ganas de explorar una boca como la mía.

    Cuando estoy intimando con un chico tan perfecto para mí, intento banalmente parar el tiempo. Soy consciente de que el paraíso dura lo que Adán tarda en decidirse con la manzana en su manos, así que me dejo el sentir en esos momentos placenteros, y rozo su piel, besos sus labios, lamo su humedad y rodeo con mi alma todo lo que se escapa al cuerpo. Intento conocer al chico sin hablar, tan sólo interpretando cada decisión tomada en esta obra teatral a tres actos. Para cuando los fluidos resbalan por nuestros cuerpos, deseo coincidir las miradas, y al hacerlo tener seguro que aquello se va a repetir todas las veces que nos permita la vida.

    Pero cuando aquello ocurre en tu imaginación, basta una palabra, el silbido de la cafetera o un abrir y cerrar de puerta para que todo ese tesoro mental desaparezca como una hoja víctima de un huracán. La realidad te golpea de repente. Tu amigo te comenta aquel golazo de la noche anterior, y apenas tienes tiempo para darte cuenta de que tu camarero acaba su turno y está abandonando el local. El chico se aleja de la cafetería como el placer de mi mañana sevillana.

El Chico De La Oficina

 

       Trabajo en una empresa de unos veinte empleados, casi todos ellos de corte administrativo. La edad media supera la treintena y se acerca peligrosamente a los cuarenta pero, entre ellos, hay un chico que no puede superar los 25, el más joven de todos. Tuve que verle dos o tres veces para darme cuenta de que ese chico me atraía a más no poder. Llegó nuevo hace menos de un año, y por desgracia el destino nos separó, pues aun trabajando en la misma empresa, su puesto de trabajo está en una zona de la oficina distinta a la mía. Son muy pocas las ocasiones que tenemos de vernos; no compartimos departamento ni tareas, no tenemos que consultarnos nada entre nosotros... lo único que nos une es, por desgracia, la fotocopiadora.

    Quizás por eso, por la dificultad que tengo para encontrármelo, no tenemos un trato especialmente cercano. Sin embargo, siento que con tan sólo un par de horas compartiendo espacio, sería factible que naciera algo en común y, por desgracia, no hablo de algo sentimental, sensual o sexual... Me temo que este chico es extremadamente heterosexual, aunque, al mismo tiempo, es como si estuviera muy cercano a la frontera de la bisexualidad. Pero, ya sabemos que las mentes pierden fácilmente la razón cuando la imaginación va captando terreno a la realidad.

    Por más que este chico tenga novia, por más que su conducta sea la típica de un hetero veinteañero, mi imaginación echa a volar con suma facilidad. Me bastó compartir diez minutos con él en el cuartito del café para saber que si de mí dependiera, ese chico no dormiría ni una sola noche sin viajar al planeta de los placeres carnales. No sé lo que su novia hace con él, pero sé perfectamente lo que él y yo haríamos cada noche en el harem de mi mente.

    Dentro de un mes tendrá lugar la famosa comida de Navidad de la empresa. Será la primera para mí, y también para él. Sería perfecto poder sentarme a su lado en la gran mesa, o, si es una de esas comidas tapeadas, formar parte del corro en el que él participe. Sería perfecto también encontrármelo de sorpresa en el baño, que nuestras miradas se paseen por nuestros ojos durante dos eternos segundos, antes de que nuestros cuerpos se rocen para dejarnos paso en ese pequeño habitáculo. Deseo que en ese momento él sepa que le deseo... deseo que se pase el resto de la comida sabiendo que tan sólo tiene que decirme ven, para que lo deje todo.

    Ese día llevaré mi coche, y no beberé para poder conducir sin problema alguno.  No seré de los primeros en irme, pero tampoco de los últimos. Le observaré con detenimiento para ser consciente de su cansancio, de sus ganas de irse de aquel lugar... Sin duda él beberá, y por eso no habrá llevado su coche y dependerá de terceros. Quiero imaginarme que cuando yo me levante y me despida, él aproveche la coyuntura y me pida el favor de dejarle en su casa; y como en mi imaginación mando yo, así ocurrirá.

    Llamémosle Rafa, aunque no es así como se llama en verdad. Rafa mide como yo: 1,80. Es delgado, de espalda ancha y aspecto garboso. Camina como lo hace la Pantera Rosa, pero con la sensualidad de Brad Pitt. Cabello corto, castaño... ojos de color miel, barba constante de tres días, boca grande y ansiosa, labios gruesos, sonrisa fácil... manos grandes y masculinas, piernas delgadas, culo pequeño pero voluminoso... masculino, varonil... un hombre con mirada de joven travieso, con voz de adolescente incandescente. Me mira y me derrito, me sonríe y me congelo... me toca y ardo en deseos incontrolables.

    Rafa se está sentando de copiloto en mi coche. Lo hace mientras me confiesa haber bebido demasiado. Yo le sonrío con complicidad, le tranquilizo, le digo que si él lo prefiere, podíamos quedarnos un rato esperando a que se le pasara. Pero me dice que prefiere tomarse un café en cualquier sitio antes de llegar a su casa, que si me importa. Le sugiero un local tranquilo, me dice que sí, y hacia allá vamos mientras hablamos como si fuéramos amigos de mucho tiempo. Mientras buscaba un canal de radio concreto, su mano rozó la mía en varias ocasiones. Quizás él ni se percató, pero cada encuentro de pieles suponía un acercamiento entre él y yo.  Sabía que esa noche podía ocurrir algo, algo desde un beso apasionado hasta un leve abrazo entre compañeros de trabajo que han dado un paso más el uno al otro.

    Sentados en el local, con el humo del café separando nuestras miradas, Rafa se acercó a mí confiando en mí sus confidencias. Fui todo oído para él; y todo vista, todo olfato, todo tacto y todo sabor. Tenía problemas con su novia, pero los mismos problemas que millones de veinteañeros en cualquier rincón del mundo. Eso no le convertía en gay, ni por no entenderse con ella implicaba que se fuera a sentir más él rodeado por mis brazos y mi desnudez. Quizás apreciaba mi serenidad, mi saber escuchar a pesar de que mi imaginación volaba como una bandada de pájaros de un hemisferio a otro... Quizás se sentía cercano a mi mirada comprensiva, a mis certeras palabras. Tras confesarme que se sentía mejor, le invité a volver al coche para seguir la conversación dentro del mismo, sentados en cualquier zona tranquila, ajenos a lo que el mundo nos tuviera reservado en ese momento. Él aceptó sin miramientos, e incluso me dirigió hacia una zona descampada junto a su zona residencial. Me confesó que hacía tiempo que no hablaba de sí mismo, y que hacía tiempo que no se sentía tan bien junto a otro chico.

    Una vez en el descampado, Rafa pareció sentirse relajado y evadido de cualquier dificultad. Cada mirada que me dedicaba estaba acompañado por una sonrisa sincera. No se limitó a hablar de sí mismo, también preguntó por mí. Sabía que no me gustaba mucho hablar de mí, pero me dijo que si yo me abría un poco a él, la noche iba a ser perfecta. Consiguió lo que pocos han podido: me abrí a él, ocultando sólo aquello que no quería que nadie de mi oficina supiera. Pero, de repente, unas palabras suyas me sorprendieron como al general que se ve sorprendido en mitad de una batalla: "Javi, tú eres gay, ¿no?"  Pensé en ese momento que todo el encanto se había perdido; siempre tuve en mente que para que ocurriese algo no hacía falta ese tipo de confesiones, que las miradas eran suficientes. Aun así, le contesté afirmativamente sin poder mirarle a los ojos. Volví a mirarle cuando noté que su mano cogía la mía con suma dulzura. "Los ojos hablan", me dijo. "Nunca he sentido la necesidad de besar a un hombre... hasta hoy". Mi cuerpo ardía, mi mente se elevaba, y mi boca se dirigió a la suya como el sediento que busca el agua de un riachuelo. Aquel encuentro de labios inocentes duró lo que tarda un barco en cruzar un océano. Sus labios encarnaban cada deseo que sentía al verle, cada mirada furtiva, cada pasión controlada. Sus besos denotaban un placer perdido, virgen, sujeto al libre albedrío como las velas de un velero al viento...

    Nuestra primera mirada tras ese beso deseado decía más de lo ocurrido que cualquier antología poética del mejor de los poetas. La belleza no tardó en  devenir en sensualidad.  Su desnudez iba apareciendo ante mí como una luna llena tras las gruesas nubes de una noche lluviosa. Su pecho ligeramente velludo evidenciaba su masculina presencia. Mis manos se perdían por su pecho trabajado mientras mis labios volvían a la humedad de su boca. Él se entregaba a mí como el enfermo a un hechicero salvador. Confiaba en mi saber hacer, en mi saber estar ante una situación mil veces imaginada, pero no tan real como esta vez. Rafa era esclavo de mis pensamientos más ardientes y de mi extremada sensibilidad. Sabía que sólo iba a recibir de mí placer; no sólo placer... también pulcritud. Quería llevarle al mundo perfecto en el que él y yo nos entregábamos el uno al otro y donde sólo cabía una felicidad extrema, alejado de cualquier cota de cotidianeidad.

    Aquello ocurría dentro de un coche en un descampado, encerrado en aquel reducido e incómodo espacio. Semejante belleza carnal merecía tener lugar en una bella playa paradisíaca, o en un extenso manto verde de una pradera cántabra... pero ocurría donde estaba ocurriendo y lo importante no era el dónde, sino el qué. Rafa y yo compartíamos lo inimaginable. Me regaló su sensible masculinidad, su yo superior, que es aquel que se  escapa a las razones; y mientras nuestros cuerpos nos proporcionaban alegría y libertad, nuestras mentes pastaban en tierra de fructuosa felicidad. No quería que aquello acabara jamás, pero una humedad tibia empapaba nuestros cuerpos al son de unos jadeos deseosos y sin límite.

    No sé si lo mejor fue lo ocurrido hasta entonces o la hora y media que nos mantuvimos desnudos, abrazados y en un silencio impregnado de complicidad; o quizás lo mejor es que aquello puede hacerse real...

El Chico Del Bosque

 

 

Estaba pasando este verano en la playa, como de costumbre. En el apartamento de la playa apenas me conecto, ya que en la vivienda no tengo conexión, y tendría que salir fuera a buscar un wifi público. Una de esas veces que me conecté vi un mensaje en mi perfil, y me quedé de piedra al ver que quien me escribió era un chico de 21 años, moreno, guapo y con un cuerpo esculpido por algún dios amante de los cuerpos masculinos. Le pasé mi msn, y con los días fuimos hablando y sabiendo así qué buscaba cada uno. Él me lo dijo claro: quería que le penetrase, y además, quería hacerlo en un bosque, ya que era una práctica que le entusiasmaba.

    Yo nunca lo había hecho al aire libre, pero con tal de follar con él, como si me hubiese pedido hacerlo en la jaula de los leones de un circo, que allí me iba yo si hacía falta. Tras varios intentos frustrados, conseguimos quedar un viernes por la tarde. Hacía una calor asfixiante. El chico me insistió en que debíamos quedar temprano, ya que así era seguro que no hubiese nadie en aquel bosque que yo desconocía. A las cinco en punto yo estaba en el sitio convenido, y él apareció con su moto poco después. Me pidió que le siguiera con el coche, y eso hice. Al verle, y aunque no se quitó el casco, pude comprobar que las fotos no engañaban: ese chico estaba estupendo. El bosque al que me llevó no estaba muy alejado. Era un pinar, de esos con arena de playa y matojos bajo los pinos. Seguimos un camino que había hasta encontrar un rincón apartado muy discreto. Allí parecía que no había ni un alma, tan sólo insectos y pájaros que creaban para nosotros la banda sonora de nuestro encuentro sexual.

    Con cierta timidez por mi parte, me dispuse a posar sobre la arena la toalla que llevaba, y cuando me giré para mirarle me di cuenta de que se había sacado la polla, la cual la tenía ya bien dura. Él vestía unas calzonas grises y finas de deportes, y no llevaba calzoncillos, con lo cual lo tenía todo colgando. Verle así me excitó tanto que sin pensarlo me agaché y le di la bienvenida a su polla con una buena mamada. Tenía una polla grande, de unos 18 centímetros. Estaba circuncidada, cosa que no me importó en esta ocasión. Era la primera polla que pasaba por mi boca desde hacía al menos ocho meses, ya que los chicos con los que había estado recientemente no tenían una polla de mi agrado. Siempre digo que para que entre por mi boca, me tiene que entrar antes por mis ojos...

    Después de la chupada inicial, nos desnudamos del todo. Su cuerpo era realmente fantástico: medía 1,75... tenía un cuerpo musculado en su justa medida, un pecho duro y perfecto, cintura proporcionada, brazos moldeados, hombros fuertes y cuello acogedor. Tenía piernas de jugador de fútbol, y un culo... un culo marmoleo, davidiano, de esos que no puedes dejar de mirar y tocar. Al vernos los dos desnudos, me acerqué a él con la intención de abrazarle y besarle, pero no era eso lo que buscaba. Parecía querer mantener una distancia. Era un chico algo frío, que tenía claro que mi función era penetrarle, pues llevaba tiempo sin que una polla pasara por sus interioridades. Lo capté rápido, así que no insistí en eso. Me preguntó que qué quería que hiciésemos, y le dije que un 69. Me tumbé entonces boca arriba, y él se puso encima mía, dejándome su culo a mi vista. Él empezó a chupármela, y yo hice lo propio con la suya. Pude comprobar que se había untado una crema para que la penetración fuese más fácil. Aquello que estábamos haciendo, y en ese lugar, hizo que por momentos estuviese recreando una auténtica película porno.

    Nos pusimos de pie, y me puse detrás de él, abrazándole y simulando una penetración que no era tal, sino un frotamiento de mi polla en los cachetes de su culo duro. El calor se había adueñado de nuestros cuerpos, y empezamos a dejar escapar gotas de sudor inevitables. Quise comprobar lo abierto que tenía su culo, así que le metí el dedo, y vi que al menos el dedo entraba con facilidad. Pensé que quizás el lobo no era tan fiero como parecía, y auguré una penetración fácil. Él quiso hacerlo sentándose sobre mí, y eso hicimos. Me tumbé boca arriba, y él se puso encima mía controlando que mi polla tiesa entrara poco a poco en su culo. Y entró fácil, y entonces él se puso a cabalgar sobre mí, sintiendo cómo su cuerpo atlético se balanceaba sobre el mío mientras la solana de la tarde nos daba de pleno. Yo estaba disfrutando, pero un poco incómodo sí que me encontraba. Él lo notó y no tardó en ofrecerme cambiar a una postura más cómoda. Al levantarse y sacar mi polla de su interior, me di cuenta de que estaba toda manchada de sangre. El preservativo tenía un color rojizo que hizo que ambos nos asustáramos un poco. Él se sorprendió, ya que me dijo que no le había dolido nada. Aún así, a pesar de lo aparatoso que resulta siempre la sangre, el chico quiso seguir con el tema que nos había reunido allí. Optamos esta vez por ponerse él a cuatro patas.

    Esta posición, aunque visualmente me resulta muy llamativa, siempre me había resultado algo dificultosa a la hora de penetrar. Por eso me alegré tanto al ver que mi polla se metió sin problema alguno. Me vi a mí mismo teniendo a ese chico perfecto delante mía, penetrándole, haciéndole disfrutar, y no sabía a qué dios agradecer por haber tenido esta suerte. Estábamos muy excitados, y sabía que esa posición iba a ser la definitiva para corrernos. Así que fui embistiéndole intentando encontrar el gusto perfecto que me llevara a correrme a placer. Escuchaba incluso el sonido del golpeteo de mis huevos sobre los suyos, y esto, junto con sus jadeos, me llevó al momento más excitante de toda la tarde. Estando ya a punto de correrme, el chico hizo lo propio sobre mi toalla, y entre jadeos, me pidió que dejase de metérsela, que empezaba a dolerle. Yo, en pleno éxtasis, le di dos o tres veces más hasta que conseguí correrme a gusto.

    Nos levantamos, me quité el condón manchado de sangre, nos lavamos con el agua que llevé y nos vestimos de nuevo. Me hubiese encantado abrazarle justo en ese momento anterior a vestirnos, darle unos besos y recordarle que no dudara en llamarme siempre que quisiese. Pero este chico era demasiado frío. Había cumplido su objetivo: ya tenía el culo abierto; así que no hubo demasiada conversación en el camino de vuelta al coche. Se puso el casco, se subió a la moto y me indicó el camino de vuelta a la carretera, y seguramente con un acelerón se alejó de mi vida para siempre. No creo que sea de los que repita, aunque siempre quedará para mí este polvo perdido en la arena de un bosque de pinos, bajo el sol de la tierra salada.

El Chico De Los Ordenadores

 

 

    Me encontraba ayer en mi rincón de la oficina, ensimismado en mis quehaceres, cuando veo que se abre la puerta. No dispongo de un despacho propio, sino que me instalaron en una sala donde habitualmente se realizan reuniones. Una gran mesa ocupa esa habitación, y ayer se encontraba cubierta de ordenadores fijos, que fueron alquilados a una empresa. Los dos chicos que abrieron la puerta eran los encargados de llevarse esos ordenadores. Y, uno de ellos, el encargado de robar mis miradas durante los 15 minutos que estuvieron depositándolos en sus cajas.

    Nada más verle entrar me di cuenta de que ese chico era un monumento a la sensualidad masculina. Vestía un pantalón gris vaquero, camiseta negra ajustada y una gorra que le impregnaba personalidad. Lo primero que destacaba de ese chico, que rondaría los 21 años, era sus bíceps. Ese muchacho era carne de gimnasio. Era poseedor de unos brazos fuertes, masculinos, sin vello, lleno de venas que con el esfuerzo se ensanchaban y parecían querer salir de la piel. Era igual de alto que yo, de cuerpo atlético y estilizado, amplia espalda, cintura ceñida y un cuello que era el complemento ideal de sus fuertes hombros. No era el típico toro de gimnasio, su cuerpo recordaba más a la de los gimnastas que a la de los levantadores de pesa con chicle en la boca. Furtivamente le miraba sin parar. No quería ser muy descarado, ni que el acompañante se diera cuenta de la situación. Durante ese tiempo  no me dirigieron la palabra, iban a lo suyo completamente, y yo también iba a lo mío, a lamer su presencia con mi mirada.

    Ese chico no sólo estaba cañón, sino que era muy guapo. Estaba cargando cajas, pero podía ser perfectamente un modelo de Gaultier. Facciones masculinas, con unos ojos grandes de mirada seria, boca amplia, carnosos labios decorados con un piercing, nariz perfecta que coronaba un rostro masculino a más no poder, pero impregnado de una sensibilidad difícil de explicar. El chico no paraba de moverse, y eso hacía que su camiseta, a la altura de su cintura, se elevara lo justo como para percibir su rosada bien. Siempre me ha puesto muchísimo cuando esos movimientos nos permite apreciar por un instante un rincón de su cuerpo, como si fuera una invitación a la provocación, al descaro. Poder apreciar su cintura firme y sin vello encendió mi imaginación, y mientras él seguía con los ordenadores, yo me lo estaba llevando a los baños comunes del pasillo con fines claramente lúdicos.

    Una vez allí, el chico y yo nos metimos en uno de los baños y echamos el pestillo. Allí nos quedamos mirando unos segundos, a muy pocos centímetros el uno del otro. Como dos leones en celo, nos abrazamos y empezamos a besarnos a placer. Besar sus carnosos labios era un placer animal, salvaje. Mis manos se dedicaban a perderse por dentro de su camiseta, acariciando con fuerza su espalda, y queriendo indagar por las curvas de su durísimo culo. Le quité su camiseta y él a mí mi camisa de vestir. Tenía un cuerpo perfecto, con pezones gruesos, con líneas separadoras en su tórax. Sus pechos duros, su ombligo para dentro, su vientre que invitaba a hurgar más abajo, donde empezaba la odisea, y aquello no tardaría en llegar. Antes, mi boca se centraba en su estilizado cuello, una provocación al mordisco, al lametón. Mi lengua humedecía de arriba abajo esa obra de arte, consiguiendo gemidos escapados que denotaban un sentimiento placentero. Me apoyé en la pared, y él sobre mí, restregando su culo pétreo sobre mi polla dura y caliente mientras mis manos sobaban su cuerpo y liberaban su polla de un apretado bóxer. Era fácil de imaginar que aquel David de Miguel Ángel debía de tener una polla culmen que redondeara aquella maravilla. La polla perfecta: 19 centímetros, gruesa, de tronco rígido y recto con un capullo amplio y rosáceo; colgando de él, dos huevos gordos y calientes de los que dan volumen al paquete, de los que excitan casi más que la propia polla. Y todo ese conjunto escultórico estaba entre mis manos, y en pocos segundos, dentro de mi boca.

    Allí, en mi boca, su polla parecía sentirse como en casa. Mi lengua se encargaba de darle placer, de llevarle a un estado de éxtasis, de sumisión a las riendas de mis labios. Mis manos cogían con fuerza su culo, y las suyas agarraban mi cabellera como queriendo dirigir los movimientos de mi cabeza. Yo succionaba todo líquido que salía de ahí, y tuve que rendirme cuando empecé a notar dolor en la boca por tener todo ese volumen dentro. Me levanté, y entonces fue él quien tuvo que demostrar que no sólo tenía un cuerpo perfecto, sino que sabía manejarlo a la perfección. Su boca grande tenía capacidad para albergar una polla gruesa como la mía, y no tuvo reparos en chuparla durante minutos a pesar de la cantidad de liquido que soltaba fruto de mi excitación. Allí hacía calor, y el sudor empezaba a mostrarse en nuestras frentes.

    En esa fantasía no había lugar a la penetración. Su masculinidad excesiva impedía imaginármelo como pasivo, así que aquello acabaría con una paja individual mientras nos comíamos la boca. Él quiso que me corriese en su cara, y no pude rechazar su invitación. Se agachó, abrió su boca, y mi semen en erupción se introdujo dentro de él, mientras emitía pequeños jadeos, pues él se estaba corriendo en su mano. Al terminar, se levantó y restregó todo su semen sobre su pecho y su vientre, mientras nuestros cuerpos regresaban del paraíso y la respiración iba retomando su pulso normal. Nos quedamos mirando un buen rato, sin besarnos ni tocarnos; me llegaba un olor a semen, a hombre, y sólo podía desear que aquello fuese real y ocurriese todas las noches, todas las mañanas. Pero escuché un ruido que me despertó del sueño; mi inventiva hizo de nuevo de las suyas. La mesa ocultaba mi impresionante erección, y ese chico de cuerpo perfecto escapado de un museo florentino salía de aquella sala cargando el último ordenador, sin siquiera despedirse o dedicarme una última mirada de complicidad por todo aquello que había ocurrido en mi mente, sólo en mi mente.

Mi Carnicerito

 

 

    Hace unos años, cuando vivía en Madrid, acudía casi siempre al mismo supermercado. Estaba muy cerca de casa y su oferta de productos estaba bien. Llevaba ya un año acudiendo allí cuando, un día, me fijé en que había un chico nuevo en el puesto de la carnicería. Mientras esperaba mi turno, no paré de observar a aquel chico. Tendría unos 20 años, no demasiado alto, seguramente medía 1,75. Tenía un aspecto atlético, su cuerpo parecía duro como una piedra. Sin duda estaba muy apetecible, pero lo que más me gustaba de él era su rostro. Tenía una mirada picarona de ojos grandes y castaños; de mandíbula fina y angulada y boca grande con labios gruesos. No se puede decir que fuese guapísimo, pero tenía un encanto particular que se multiplicaba cuando hablaba. Tenía un acento madrileño muy gracioso, y se le notaba educado y alegre.

    Durante un buen tiempo, empecé a acudir al puesto de la carnicería con cierta ilusión. Me gustaba esperar un poco de cola, porque así podía observarle con detenimiento. Cuando me tocaba pedir, no podía evitar procurar un trato especial con él. Le hacía preguntas sobre los distintos tipos de productos para que pudiese demostrar sus conocimientos carnales; le pedía consejo, e incluso llegó un momento en el que pedía más cantidad de carne de la que luego me llegaba a comer, con lo que más de una vez tuve que tirar algo por ponerse malo.

    La complicidad entre los dos fue aumentando. Un día le dije que no me llamara de usted, y sonrió al escucharme. Cuando llegaba mi turno se notaba que se alegraba de verme de nuevo. No siempre surgía salirse de la típica conversación dependiente-cliente, pero lo importante era el brillo de unas miradas que cada vez se alargaban más. Su aspecto era varonil, y cuando me mencionó a su novia di por hecho que ese chico no era gay, y que si se mostraba así de cercano conmigo era porque me tendría por un buen cliente. Un día, una señora le abroncó sin motivo por el regular estado de una carne que compró. Al irse la señora, le hice al chico un gesto de complicidad, y me dijo: "Por desgracia, no todos los clientes pueden ser igual de amables que usted". Y yo volví a pedirle que no me llamara de usted; al fin y al cabo, yo tendría en esa época unos 28 años. Ya en casa me quedé pensando en la mirada que me dedicó cuando me dijo aquello. Esa mirada duró un segundo, quizás dos más de lo normal. Fue tan sincera que hasta me ruboricé, porque era un gesto que me conmovió. Allí en casa, tumbado en la cama, me dio por fantasear en una situación que deseaba que ocurriese. Estando en verano, y sabiendo que su supermercado cerraba al mediodía, imaginé que le ofrecía un día ir  a comer a mi casa. Allí hubiésemos disfrutado de una comida ligera mientras nos contábamos cosas de nuestra vida, ya que, al fin y al cabo, nos teníamos aprecio pero no sabíamos nada el uno del otro. Seguramente al principio estaríamos muy cortados, pero poco a poco la conversación hubiese ido fluyendo con cercanía, y las miradas, ahora más próximas, me hubiesen llevado a un estado de felicidad propia de los enamorados....

    Después de comer, y con esos calores, le hubiese ofrecido echarse una siesta. Quizás él hubiese aceptado, y al acompañarle a mi habitación y mostrarle mi cama, yo habría hecho el gesto de despedirme y dejarle solo. Y me imaginé que habría dicho algo para evitar reposar solo en esa cama: "¿No quieres dormir tú también? No me importa compartir la cama". Entonces me lo imaginé quitándose la camiseta con la excusa de no arrugarla, y pidiéndome que hiciera lo mismo, que hacía calor en la habitación. Allí los dos, tumbados y descamisados, no habría tardado mucho en tener una gran erección. Estando los dos de lado, con las bocas a  pocos centímetros, hubiese sido fácil llegar a ese momento en el que el mundo parece pararse para que dos seres que se quieren se besen con cariñosa pasión juvenil.

    Así me imaginaba los besos de mi carnicerito: apasionados, varoniles... con unas manos moviéndose al ritmo de su sangre, con un gran bulto en su pantalón corto acechando con salir en busca de salvajes aventuras húmedas. Quitarnos la ropa en ese estado era como una rendición al diablo, nuestros cuerpos desnudos parecían volar en la cama como dos mariposas entre la flora silvestre de un valle en verano. Aquél chico sólo podía tener una enorme polla, y así lo constaté en ese sueño despierto que estaba teniendo. Mamársela era como viajar a un paraíso de manjares exquisitos. Sentía su calor en cada movimiento de mi boca, la cual enjaulaba aquel miembro duro y corpulento en pleno éxtasis. Mi lengua jugueteaba por su rosado capullo y sólo me interrumpía para buscar un beso de labios con sabor a polla.

    No me lo imaginaba pasivo, así que aquella aventura recreada no podía incluir una penetración. Pero dos hombres pueden llegar al límite sin necesidad de llegar a eso, así que nos centramos en darnos placer por el resto de nuestros cuerpos. La pasión sudada se mezclaba con nuestro desenfreno jadeado, nuestras miradas se perdían entre tanto cuerpo desinhibido. Y aquello no podía durar mucho más. Nuestras pollas estaban a punto de estallar, a punto de hacer salir a borbotones un semen fraguado a fuego lento. Cada uno empezó a pajerarse su propia polla mientras nos dedicábamos nuestros últimos besos. Tanta unanimidad sólo podía acabar con una corrida al mismo tiempo, empapándonos mutuamente, uniéndonos en un abrazo que significaba la encarnación de un sentimiento mutuo de cariño prolongado.

    Aquella fantasía acababa compartiendo una ducha fría entre abrazos y besos lentos. Por desgracia, esto que he relatado nunca pudo hacerse real. Durante un tiempo mantuvimos esa relación tan especial de miradas prolongadas y sonrisas al saludarnos hasta que, un día, dejó de ir a trabajar. Se le acabó el contrato, o quizás le trasladaron a otro supermercado de la cadena. Pasados los años, aún sueño con encontrármelo, quizás para comprobar si se sigue acordando de mí, y si sus ojos brillarían hoy tanto como en esa época.

El Chico del Regional

 

  

    Siempre que cojo un tren solo, tiendo a distraerme fijándome en los chicos guapos que pululan por la estación y, posteriormente, por mi vagón. Hace unos días tuve que coger un tren regional para recorrer una distancia de aproximadamente 100 kms. Como tenía billete numerado, me subí en el vagón que me correspondía, y fui buscando el número de mi asiento. Al llegar a él, me di cuenta de que en él estaba sentado un chico de unos 19 años, y junto a él otro chico muy guapo. Como había poca gente en el tren, decidí no reivindicar mi asiento, pero opté por sentarme justo enfrente de ellos, por si acaso más adelante tenía que pedirle mi asiento al chaval.

    Al tenerlos justo en frente mía y viéndoles las caras, no tardé en percibir ese aire a homosexualidad que desprendemos los gays y que hace que intuyamos nuestra sexualidad entre nosotros. En este caso, era más fácil si cabe, puesto que ambos demostraban un cierto amaneramiento. Ambos parecían muy cansados; por lo que entendí por su conversación, venían de pasar toda la noche en una ciudad costera, por lo que es fácil imaginar que estaban reventados, pues se ve que habían dormido más bien poco.

    De los dos, el que estaba sentado junto al pasillo era el guapo. Pero no sólo guapo, es que era muuuuuuuuuy guapo. Era un chico moreno, de pelo oscuro, sin vello. Sus grandes ojos negros miraban con cierta dejadez juvenil a las cosas, excepto cuando miraba a su compañero de viaje, especialmente cuando recordaban los avatares de la noche pasada. Sus facciones eran perfectas; si me dijeran que se trataba del protagonista de una famosa seria televisiva, me lo creería. Se ve que yo no era el único que creía en su belleza, pues toda chica que pasaba por su alrededor, no podía evitar mirarle con deseo reprimido.

    Vestía pantalón vaquero ceñido, camiseta azul de alguna marca vaquera y una camisa entreabierta. Su aire juvenil era insultante, todo relucía en él. Sus labios gruesos y rojizos ocultaban una dentadura perfecta cuando callaba, y su peinado mostraba un cabello sano y fuerte. No tenía un cuerpo musculoso, ni siquiera atlético, pero me lo imaginaba desnudo y pensaba que el mismísimo Miguel Ángel lo hubiese querido como modelo y amante.

    Al no parar de mirarle, se dio cuenta de mi excesivo interés en él, pero no parecía incordiarle. Cada mirada mía me lo devolvía con una mirada suya sin ápice de timidez, cosa que yo sí tenía y me impedía mantener la mirada más de dos segundos seguidos. Intuí que no era chico de relaciones con un treintañero, se notaba que no tenía necesidad de experimentar con maduros y que sus coetáneos le bastaban para disfrutar del sexo y la vida.

    No obstante, el pensamiento es libre, y el pensamiento sexual... salvajemente libre. Por eso, mientras el tren corría por las vías destino a Sevilla, mi mente viajó por su cuerpo desnudo, y mi boca exploraba y humedecía su cuerpo caliente y suave mientras sus jadeos amenizaban el silencio de una imaginada habitación de hotel. No hay nada más lúdico que unos labios gruesos masculinos, y mi boca almorzaba y cenaba los suyos, uniéndose al festín unas lenguas juguetonas incapaces de salir de su cautiverio. Mientras, mis manos se deslizaban por su cuerpo fibrado, conquistando cada rincón erógeno de su cuerpo.

    Su culo era dulce, carnoso y apetitoso; mis manos no paraban de apretarlos fuertemente y acariciarlos con suavidad. Descubrir su polla fue como vislumbrar América, no me lo imaginaba tan bello, tan grande y tan perfecto. Una polla de las que dan ganas de chupar sin parar, aunque duela la boca, porque la excitación es más poderosa que el dolor cuando dos cuerpos deciden disfrutar mutuamente de sus frutos.

    Me imaginaba al chico pasivo, y penetrarle resultaba en mi fantasía fácil y placentero. Me bastó humedecer con saliva su puerta de entrada para que mi polla entrara a placer. Quiso hacerlo apoyando sus piernas sobre mis hombros, de forma que tenía su boca cerca para no parar de besarle en cada embestida mía. Él se pajeaba con fuerza mientras, y su rostro de excitación con la mirada perdida aumentaba mis ganas de hacerle disfrutar de lo que podía ofrecerle. Quería que viese que mi cuerpo de treintañero era capaz de llevarle a lo más alto, para que así la próxima vez que uno de los míos le mirase con deseo en un tren, tuviese la opción de verse correspondido por un chico de 19 ó 20 años recién llegado a la vida.

    Todo lo narrado transcurrió mientras el tren se dirigía a Sevilla, y el altavoz me despertó de mi sueño al anunciar la llegada a Santa Justa. El chico se levantó para coger sus cosas y por fin pude observarle de pie. Me coloqué detrás de él y mi boca, a pocos centímetros de su cuello, a punto estuvo de adentrarse en él para iniciar lo que en sueños habíamos hecho él y yo, pero la realidad siempre frena los sueños, y el chico bajó del tren perdiéndose entre el gentío para siempre....