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Relatos Gays

Los chicos de nuestros sueños

3 Noviembre 2008

El chico de la estación con el paraguas blanco

Era domingo por la tarde, casi rozando la noche oscura. Llovía, lo cual hacía más triste si cabe ese espacio de la semana donde parece reinar una pesadumbre generalizada. Además, me encontraba en una estación de tren, con las vías repletas de estudiantes destino a Sevilla, que abandonaban sus hogares de fin de semana para volver a sus pisos compartidos y sus residencias universitarias.

Siempre que llego al andén en espera del tren, tengo por costumbre ojear al personal presente en busca del chico más guapo de la estación. Ya que esperar un tren bajo el frío otoñal es sumamente desagradable, qué menos que hacerlo mientras mis ojos se deslizan por la piel y el cuerpo de un chico joven de ojos expresivos. Poco tuve que andar esa tarde, pues muy cerca de las escaleras de acceso se encontraba un joven de no más de veinte años; moreno, delgado pero atlético, varonil pero manteniendo aún el idilio con esos rasgos femeninos que da la adolescencia. No lo dudé, y no quise seguir recorriendo el andén, puse supe nada más verle que él era el chico a quien mis ojos querían arrasar.

Dicho así suena como si fuera a molestarle con miradas agobiantes. Pero no, es todo lo contrario. Cuando me convierto en voyeur de estación mis ojos mantienen su discreción. Son miradas furtivas, robadas al tiempo, que desean prolongar y parar el tiempo con tal de saborear con detenimiento su belleza singular; pero sé mantener las formas y miro lo justo, lo necesario para que el chico sepa que algo he visto en él que me interesa, pero sin resultar intimidatorio.

El chico mantenía la mirada perdida mirando a la nada. Sus ojos grandes y negros, unidos a sus largas pestañas, daban una sensación de tristeza acumulada. Algo había en él que le impedía reír por dentro, de algo triste se alejaba o a algo desagradable se acercaba. Mientras, mis miradas rápidas observaban distintos puntos de su cuerpo. Mediría unos 1,75 metros, un poco más bajo que yo. Sus labios, carnosos; su textura invitaba a ser acariciados por los míos, humedecidos por una sutil lengua, saboreados con placer y solemnidad. Su cuello destacaba como un león en la sabana: fuerte, expresivo, carne de lametón y de mordisco apasionado. Vestía vaqueros y chaqueta oscura. Sus manos fuertes aguantaban un singular paraguas blanco. El tren estaba a punto de llegar y yo deseaba que tuviera retraso. Necesitaba más tiempo para decorar esos instantes con besos apasionados que sabía no iban a ocurrir. Pero, aun sabiéndolo, siempre mantengo la esperanza de que la vida me regale un instante mágico como ese.

Quizás el chico se daba cuenta de mi interés y decidía seguirme el juego de miradas. Yo te miro, tú me miras, y entre medias una leve sonrisa picarona. Lo siguiente sería acercarse el uno al otro como el que no quiere la cosa, y al estar a medio metro, pasar su mano por la mía, como gesto indicativo bien claro de que yo le gustaba. Nuestras pollas, automáticamente, experimentarían un eficiente agrandamiento. Las miradas entre nosotros se convertirían en rayos embrujados en busca de un envenenamiento cautivador. Quizás entonces las palabras empezaran a mostrarse, pero evitando un diálogo vacío y superficial: “Te deseo”, me diría el chico de mirada selvática. Y al oír eso uno es capaz de olvidarse de su vida y sus circunstancias y adentrase en un mundo nuevo cuyas puertas se acaban de abrir. Coger ese tren juntos y llegar hasta Sevilla, a pesar de que no era mi destino. Coger un taxi, llegar a su piso, a su habitación, a su cama, y entregarnos el uno al otro….

Y allí, en la cama, en ese campo de trigo y cebada, en ese lago de valle alto, descubriríamos nuestros cuerpos, rincón a rincón. La ropa en el suelo, la saliva en nuestra piel, nuestras bocas inquisitivas, queriendo saborear todo ese manjar de miel y sal. Nuestras manos abordando nuestros cuerpos, acariciando la piel como deseando adentrarse en nuestro ser; dejándonos los labios en cada beso, el alma en cada sentir, mirándonos como desconocidos que éramos pero con el sentimiento de sabernos dueños del otro. El calor recorriendo nuestros cuerpos como olas de roja lava, sudando pasión, volviéndonos locos en cada jadeo, en cada hondo suspiro.

Pero la bocina del tren acercándose a la estación me hace volver a mi mundo, a mi vida y al momento presente. El chico sigue a mi lado, pero decido alejarme de él no sin antes mirarle dejándole claro que me gusta. Camino a paso ligero, como si aquel tren fuese a estrellarse contra nosotros. Decido parar cuando estimo que me montaré en los primeros vagones, y echo una mirada atrás para saber qué hizo el chico. Se sube justo en el vagón anterior al mío. Qué lástima, me digo. Si me hubiese montado en el anterior podría compartir con él un poco más de tiempo, un poco más de imaginación desbordada. Con el tren ya en movimientos, mis deseos se alejan como el tren de la estación. Mi pensamiento habitual empieza a adentrarse poco a poco en mi mente; mis preocupaciones, mis miserias, mis alegrías, mi cotidianeidad. Y cuando a punto estábamos de llegar a mi ciudad, se abre la puerta del vagón y aparece el chico de la estación. Se coloca a mi lado justo cuando se abre la puerta, y ambos bajamos. Caminamos hacia delante evitando a las decenas de estudiantes que se adentran en los vagones; yo voy camino de las escaleras que me llevan a la salida, él camino de mi corazón o de mi irrealidad. Teniéndole a medio metro le miro sin pudor. Por si no le quedó claro, que sepa que le adoro. Y me pregunto por qué cambió de vagón y luego se bajó junto a mí. En ese momento, decide subirse a un nuevo vagón, suponiendo ese gesto el fin de mi loca aventura. Si me hubiese hecho algún gesto, si me hubiese dado un papel con su número de teléfono…. Pero el chico se fue y le perdí para siempre. Le perdí de vista en cuanto se introdujo en el tren y los cuerpos de los pasajeros se mezclaron con el suyo. Llovía esa tarde, ya noche, y yo por dentro sangraba amargura: otro chico de mis sueños que desaparecía de mi vida, otros ojos cuya mirada pasa a ser parte de mi ser, otro cuerpo que jamás pasará por mis manos y otro amor que soñó serlo y desapareció como una nube en el horizonte.

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