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La Coctelera

Relatos Gays

Los chicos de nuestros sueños

8 Noviembre 2008

Tres Horas Con Julián

Aquel fin de semana de febrero era de los más fríos que recuerdo en Madrid. Como siempre que paso unos días en la capital, me instalé en un hotel lo más cercano posible al centro. En esta ocasión estaba en uno situado en la calle Princesa. Lo que ocurrió el fin de semana no merece la pena ser contado, pero lo que nunca olvidaré es lo acontecido el lunes por la mañana, unas horas antes de abandonar Madrid hasta una próxima ocasión.

El domingo por la tarde llamé a Julián, un chico de 19 años al cual conocí por los perfiles meses antes. No era un chico con quien hubiese tenido demasiado trato, ya que apenas frecuentaba el messenger, pero había hablado por teléfono con él en dos ocasiones y me pareció siempre un chico que inspiraba confianza a pesar de su sequedad en el trato. No conocía su rostro, ni sus rasgos físicos. La única foto que tenía en el perfil era de su polla en erección, la cual resultaba, sin duda, muy apetecible.

El caso es que quedamos para vernos el lunes por la mañana en la puerta de la recepción. La hora era realmente extraña para una quedada, pero era la única viable: él a las 12 debía ir a la facultad, y yo tenía que dejar el hotel y luego Madrid. Estaba nervioso, pues no sabía bien para qué habíamos quedado exactamente. En la conversación del domingo ninguno de los dos hizo ningún comentario alusivo al sexo; aunque, al quedar justo en la entrada del hotel, esa puerta quedaba abierta. Julián fue muy puntual, y a las nueve en punto llegó al hotel. Le hice un gesto con la mano, y a medida que se iba acercando, la figura de un chico joven y guapo se iba formando en mi retina. Nos dimos la mano y le pregunté qué le apetecía hacer. No lo dudó ni un instante y me contestó: “Subimos a la habitación, ¿no?” En esos dos minutos de camino al 304 de aquel hotel una leve sonrisa esparcía entusiasmo en cada paso. Hacía más de dos meses que no tenía sexo compartido, y esa mañana se auguraba muy buena.

Nos sentamos en un pequeño sofá de la habitación y empezamos a hablar de temas típicos entre dos desconocidos. Que qué tal sus exámenes, que qué tal mi fin de semana en Madrid…. Tras unos minutos de conversación, ambos nos quedamos callados, momento que aproveché para romper el hielo acercando mi mano a su mejilla, y le hice una caricia cariñosa. Entonces fue como si hubiese activado el motor de un tren, pues Julián se abalanzó sobre mí y empezó a besarme con pasión. Hasta entonces, él mostraba ser un chico algo tímido, discreto…. Pero en ese momento parecía como si un jaguar hubiese entrado en su cuerpo. Se sentó encima mía, y nos fuimos quitando la ropa, la cual acababa dispersada por el suelo. Al quedarnos sólo con el bóxer nos levantamos rumbo a la cama. En ese momento me fijé bien en su cuerpo, antes apenas pude. Era delgado, fino, sin vello, excepto en las piernas. Apenas tenía músculos, pero era una delgadez bella, con todo muy bien puesto. Y en su entrepierna, un gran bulto hacía intuir lo que ya sabía, que Julián era poseedor de una enorme y preciosa polla.

Por fin nos quedamos desnudos, y seguimos con nuestros besos apasionados. Siempre he tenido debilidad por los cuellos masculinos. Adoro pasar mi lengua por ellos, saborear la piel, dar placer con cada lamido y cada beso. Julián se entregaba como un jabato en celo, pero siempre mostraba su lado más dulce. Tuvo el detalle de preguntarme cómo me gustaba que me pajeasen, y luego cumplió a rajatabla mis indicaciones. Pronto pasamos al sexo oral. Aquella maravilla tenía que pasar por mi boca cuanto antes. Ambos teníamos pollas muy parecidas, si bien la suya era más larga, y la mía un poco más gruesa. Ambas eran rectas, con el glande grande, de buen aspecto. Siempre he dicho que para que una polla entrase en mi boca, antes tenía que entrar por mis ojos; y con la de Julián no hubo duda.

Como los dos éramos activos, tuvimos que centrarnos en las mamadas, los besos y las caricias para disfrutar del sexo en aquella mañana de lunes. No tardamos en practicar el 69, bien manteniendo ladeados nuestros cuerpos, bien estando yo tumbado boca arriba y él sobre mí apoyando sus extremidades. Julián parecía disfrutar como un loco, y yo no paraba de pensar lo afortunado que era pudiendo disfrutar esas tres horas con este chico de Madrid de aspecto jovial y universitario. Y no había apenas tiempo para el respiro. El tiempo pasaba rápido, y es tremendo pensar lo mucho que puede aguantar el cuerpo humano en esa situación. Todo indicaba que aquello iba a ser un polvo larguísimo, en vez de dos polvos seguidos. De vez en cuando dejábamos de tocarnos las pollas para evitar una corrida a destiempo.

En la cama soy muy besucón, y sus labios, sin ser muy gruesos, sí eran muy apetecibles. No teníamos nuestras bocas paradas: siempre había algo que lamer, algo que chupar, algo que morder…. Y llegó el momento de plantearse cómo y cuándo correrse. Yo no podía aguantar mucho más, así que me monté sobre él y fui restregándome sobre su cuerpo hasta que me corrí en su vientre…. Luego él puso su polla en mi boca y la fui chupando hasta que estaba a punto de estallar. Se sentó sobre mí y empezó a tocársela con fuerza hasta correrse sobre mi pecho…. Cuando ese momento llega, recuerda a esos segundos después de un terremoto. Los cuerpos se van relajando de la pasión desvivida, los jadeos se convierten en respiros suaves…. Nos miramos como dos personas que acaban de vivir algo que les ha unido para siempre.

Después de aquello, nos fuimos al baño para ducharnos juntos. Fue muy tierno ver cómo Julián se preocupaba por extender bien el gel sobre mi cuerpo, y cómo pasaba el agua sobre mí para quitarme la espuma, entre pequeños besos en los labios y el cuello. Lo mismo hice yo con él, y tras la ducha, empezó el camino hacia nuestras realidades cotidianas; fue como si aquella ducha se hubiese llevado no sólo nuestro sudor, sino también ese mundo en el que nos embarcamos tres horas antes. Apenas hablamos mientras abandonábamos el hotel y nos dirigíamos a su parada de metro. La despedida fue fría. En mitad de la calle, muchos chicos gays pierden la naturalidad que suele aflorar entre paredes que lo ocultan todo. Algo me hacía pensar que aquella iba a ser la última vez en ver a mi recién adorado Julián, y así fue. Después de aquella mañana, seguimos tratándonos por el msn de vez en cuando; algún email cariñoso, algún mensaje al móvil. Pero Julián, que se declaraba bisexual, me comentó meses después que quería decantarse por las chicas, abandonando pues su lado homosexual, debido más que nada a los problemas que en su caso tendría que afrontar un chico perteneciente a una familia bien de pensamiento clásico.

Y así fueron mis tres horas con Julián: una epopeya de sensaciones con una vida muy corta en hechos, pero eterna en mi memoria…. y quizás en la suya.

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