El Chico De La Oficina
Trabajo en una empresa de unos veinte empleados, casi todos ellos de corte administrativo. La edad media supera la treintena y se acerca peligrosamente a los cuarenta pero, entre ellos, hay un chico que no puede superar los 25, el más joven de todos. Tuve que verle dos o tres veces para darme cuenta de que ese chico me atraía a más no poder. Llegó nuevo hace menos de un año, y por desgracia el destino nos separó, pues aun trabajando en la misma empresa, su puesto de trabajo está en una zona de la oficina distinta a la mía. Son muy pocas las ocasiones que tenemos de vernos; no compartimos departamento ni tareas, no tenemos que consultarnos nada entre nosotros... lo único que nos une es, por desgracia, la fotocopiadora.
Quizás por eso, por la dificultad que tengo para encontrármelo, no tenemos un trato especialmente cercano. Sin embargo, siento que con tan sólo un par de horas compartiendo espacio, sería factible que naciera algo en común y, por desgracia, no hablo de algo sentimental, sensual o sexual... Me temo que este chico es extremadamente heterosexual, aunque, al mismo tiempo, es como si estuviera muy cercano a la frontera de la bisexualidad. Pero, ya sabemos que las mentes pierden fácilmente la razón cuando la imaginación va captando terreno a la realidad.
Por más que este chico tenga novia, por más que su conducta sea la típica de un hetero veinteañero, mi imaginación echa a volar con suma facilidad. Me bastó compartir diez minutos con él en el cuartito del café para saber que si de mí dependiera, ese chico no dormiría ni una sola noche sin viajar al planeta de los placeres carnales. No sé lo que su novia hace con él, pero sé perfectamente lo que él y yo haríamos cada noche en el harem de mi mente.
Dentro de un mes tendrá lugar la famosa comida de Navidad de la empresa. Será la primera para mí, y también para él. Sería perfecto poder sentarme a su lado en la gran mesa, o, si es una de esas comidas tapeadas, formar parte del corro en el que él participe. Sería perfecto también encontrármelo de sorpresa en el baño, que nuestras miradas se paseen por nuestros ojos durante dos eternos segundos, antes de que nuestros cuerpos se rocen para dejarnos paso en ese pequeño habitáculo. Deseo que en ese momento él sepa que le deseo... deseo que se pase el resto de la comida sabiendo que tan sólo tiene que decirme ven, para que lo deje todo.
Ese día llevaré mi coche, y no beberé para poder conducir sin problema alguno. No seré de los primeros en irme, pero tampoco de los últimos. Le observaré con detenimiento para ser consciente de su cansancio, de sus ganas de irse de aquel lugar... Sin duda él beberá, y por eso no habrá llevado su coche y dependerá de terceros. Quiero imaginarme que cuando yo me levante y me despida, él aproveche la coyuntura y me pida el favor de dejarle en su casa; y como en mi imaginación mando yo, así ocurrirá.
Llamémosle Rafa, aunque no es así como se llama en verdad. Rafa mide como yo: 1,80. Es delgado, de espalda ancha y aspecto garboso. Camina como lo hace la Pantera Rosa, pero con la sensualidad de Brad Pitt. Cabello corto, castaño... ojos de color miel, barba constante de tres días, boca grande y ansiosa, labios gruesos, sonrisa fácil... manos grandes y masculinas, piernas delgadas, culo pequeño pero voluminoso... masculino, varonil... un hombre con mirada de joven travieso, con voz de adolescente incandescente. Me mira y me derrito, me sonríe y me congelo... me toca y ardo en deseos incontrolables.
Rafa se está sentando de copiloto en mi coche. Lo hace mientras me confiesa haber bebido demasiado. Yo le sonrío con complicidad, le tranquilizo, le digo que si él lo prefiere, podíamos quedarnos un rato esperando a que se le pasara. Pero me dice que prefiere tomarse un café en cualquier sitio antes de llegar a su casa, que si me importa. Le sugiero un local tranquilo, me dice que sí, y hacia allá vamos mientras hablamos como si fuéramos amigos de mucho tiempo. Mientras buscaba un canal de radio concreto, su mano rozó la mía en varias ocasiones. Quizás él ni se percató, pero cada encuentro de pieles suponía un acercamiento entre él y yo. Sabía que esa noche podía ocurrir algo, algo desde un beso apasionado hasta un leve abrazo entre compañeros de trabajo que han dado un paso más el uno al otro.
Sentados en el local, con el humo del café separando nuestras miradas, Rafa se acercó a mí confiando en mí sus confidencias. Fui todo oído para él; y todo vista, todo olfato, todo tacto y todo sabor. Tenía problemas con su novia, pero los mismos problemas que millones de veinteañeros en cualquier rincón del mundo. Eso no le convertía en gay, ni por no entenderse con ella implicaba que se fuera a sentir más él rodeado por mis brazos y mi desnudez. Quizás apreciaba mi serenidad, mi saber escuchar a pesar de que mi imaginación volaba como una bandada de pájaros de un hemisferio a otro... Quizás se sentía cercano a mi mirada comprensiva, a mis certeras palabras. Tras confesarme que se sentía mejor, le invité a volver al coche para seguir la conversación dentro del mismo, sentados en cualquier zona tranquila, ajenos a lo que el mundo nos tuviera reservado en ese momento. Él aceptó sin miramientos, e incluso me dirigió hacia una zona descampada junto a su zona residencial. Me confesó que hacía tiempo que no hablaba de sí mismo, y que hacía tiempo que no se sentía tan bien junto a otro chico.
Una vez en el descampado, Rafa pareció sentirse relajado y evadido de cualquier dificultad. Cada mirada que me dedicaba estaba acompañado por una sonrisa sincera. No se limitó a hablar de sí mismo, también preguntó por mí. Sabía que no me gustaba mucho hablar de mí, pero me dijo que si yo me abría un poco a él, la noche iba a ser perfecta. Consiguió lo que pocos han podido: me abrí a él, ocultando sólo aquello que no quería que nadie de mi oficina supiera. Pero, de repente, unas palabras suyas me sorprendieron como al general que se ve sorprendido en mitad de una batalla: "Javi, tú eres gay, ¿no?" Pensé en ese momento que todo el encanto se había perdido; siempre tuve en mente que para que ocurriese algo no hacía falta ese tipo de confesiones, que las miradas eran suficientes. Aun así, le contesté afirmativamente sin poder mirarle a los ojos. Volví a mirarle cuando noté que su mano cogía la mía con suma dulzura. "Los ojos hablan", me dijo. "Nunca he sentido la necesidad de besar a un hombre... hasta hoy". Mi cuerpo ardía, mi mente se elevaba, y mi boca se dirigió a la suya como el sediento que busca el agua de un riachuelo. Aquel encuentro de labios inocentes duró lo que tarda un barco en cruzar un océano. Sus labios encarnaban cada deseo que sentía al verle, cada mirada furtiva, cada pasión controlada. Sus besos denotaban un placer perdido, virgen, sujeto al libre albedrío como las velas de un velero al viento...
Nuestra primera mirada tras ese beso deseado decía más de lo ocurrido que cualquier antología poética del mejor de los poetas. La belleza no tardó en devenir en sensualidad. Su desnudez iba apareciendo ante mí como una luna llena tras las gruesas nubes de una noche lluviosa. Su pecho ligeramente velludo evidenciaba su masculina presencia. Mis manos se perdían por su pecho trabajado mientras mis labios volvían a la humedad de su boca. Él se entregaba a mí como el enfermo a un hechicero salvador. Confiaba en mi saber hacer, en mi saber estar ante una situación mil veces imaginada, pero no tan real como esta vez. Rafa era esclavo de mis pensamientos más ardientes y de mi extremada sensibilidad. Sabía que sólo iba a recibir de mí placer; no sólo placer... también pulcritud. Quería llevarle al mundo perfecto en el que él y yo nos entregábamos el uno al otro y donde sólo cabía una felicidad extrema, alejado de cualquier cota de cotidianeidad.
Aquello ocurría dentro de un coche en un descampado, encerrado en aquel reducido e incómodo espacio. Semejante belleza carnal merecía tener lugar en una bella playa paradisíaca, o en un extenso manto verde de una pradera cántabra... pero ocurría donde estaba ocurriendo y lo importante no era el dónde, sino el qué. Rafa y yo compartíamos lo inimaginable. Me regaló su sensible masculinidad, su yo superior, que es aquel que se escapa a las razones; y mientras nuestros cuerpos nos proporcionaban alegría y libertad, nuestras mentes pastaban en tierra de fructuosa felicidad. No quería que aquello acabara jamás, pero una humedad tibia empapaba nuestros cuerpos al son de unos jadeos deseosos y sin límite.
No sé si lo mejor fue lo ocurrido hasta entonces o la hora y media que nos mantuvimos desnudos, abrazados y en un silencio impregnado de complicidad; o quizás lo mejor es que aquello puede hacerse real...
