Debo reconocer que siempre que entro en una cafetería o un bar, de las primeras cosas que hago es fijarme en los camareros, siempre con la esperanza de que haya al menos un chico guapo que luzca un buen culo con esos pantalones ajustados que suelen llevar ellos. Sin embargo, aquella mañana en Sevilla no me fijé en el personal de aquella cafetería bien puesta que había encontrado por casualidad. Yo iba con un amigo, y después de quitarnos los abrigos y sentarnos, se plantó frente a nosotros un chico que al verlo me sorprendió como el marinero que de repente se topa con una bandada de delfines.
¿Qué cómo era el chico? Simplemente, perfecto. Ante todo masculino. Era de esos chicos jóvenes que despliegan masculinidad en cada centímetro de piel que les rodea, pero como todo veinteañero, tenía ese aire jovial que le alejaba de los rasgos más rudos de un hombre ya hecho. A simple vista, aquel chico tendría unos 21 años, quizás 23 bien llevados. Su piel era más bien clara, su pelo moreno. Peinaba de forma varonil pero con ese toque moderno que saben lucir los jóvenes de hoy en día. Aunque estaba acabando su turno, tenía esa imagen de chico recién aseado, que huele bien y sabe mejor. De estatura, llegaría al 1,80; y era más bien fornido, pero no como el que va todas las tardes al gimnasio, sino como aquel que trabaja con sus brazos, como el que se hace cien flexiones cada noche antes de acostarse.
Lo peor de ir acompañado es que uno no puede ser tan descarado a la hora de apreciar a un chico guapo. Así que debía aprovechar todas las ocasiones que la relación camarero-cliente lo permitía. Se puso junto a mí, libreta y boli en mano, y nos preguntó qué queríamos para desayunar. Le miré a los ojos, y como aquel que está recitando Las Mil Y Una Noches, le pedí con los ojos adentrándose en los suyos un café con leche. Le hubiese pedido toda la carta con tal de poder hablarle y mirarle durante el máximo tiempo posible. Sus ojos eran oscuros, muy grandes, con largas pestañas que potenciaban su belleza en el rostro. Sus mejillas estaban cubiertas por una barba de tres días que parecía encajado a la perfección vello a vello. Su piel ya dije que era clara, pero unas nubes rojizas decoraban sus mejillas, quizás fruto del sofoco de la calefacción, ojalá fruto de la excitación al verme.
Su voz masculina y fresca recitó en alto lo pedido por nosotros para asegurarse, y su voz me pareció el complemento ideal para acompañar el roce de su piel en una noche de desnudos y jadeos al aire. Unos labios carnosos rodeaban una boca lujuriosa que invitaba a ser explorada por mi incesante lengua. Luego se dio la vuelta y esperé segundo y medio para girar mi cabeza y contemplar su culo. Era de esos redondos, bien colocaos, duros, y que con el movimiento al andar se ajustaba y se desajustaba al pantalón, creando un divertido juego de "ahora se ve, ahora no se ve". Yo sólo deseaba escondernos en cualquier rincón y bajarle los pantalones mientras yo, arrodillado, imploraba que aquella obra de arte estuviese coronada por una buena polla que llevarse a la boca.
Al rato vino con nuestros desayunos, y lo colocó de manera ágil sobre la mesa. Al posar la taza se colocó muy cerca de mí, alce la mirada y me lo imaginé cabalgando sobre mí, ejerciendo la pasividad y llevándonos mutuamente al éxtasis, al júbilo y a la explosión de un centenar de jadeos extasiados. Apenas podía mantener una conversación coherente con mi amigo en esas condiciones. Quise robar miradas en cada ocasión que tenía. Disimulaba buscando un periódico con la mirada, o mirando sin mirar algún cartel o algún cuadro expuesto. Todo con tal de poder desviar la vista y dirigirla al merecedor de todas las miradas: ese camarero de Sevilla que podía llamarse Héctor, Hugo, Marcos, Iván o cualquiera de esos nombres que en mi imaginación potencian el carisma de quien así se llama.
Mientras mi amigo ojeaba la prensa en silencio, yo pude escaparme a ese rincón de mi mente donde se estaba cometiendo ese acto lujurioso entre el chico y yo. Estábamos de pie, frente a frente, con nuestros cuerpos bien juntos y nuestras bocas muy cercanas. Su barba me recordaba su presencia cada vez que juntaba mi mejilla con la suya. Yo buscaba la suavidad masculina pero, en cambio, recibí el picor de los vellos de tres días. No me quedaba más remedio que buscar dicha suavidad en otras partes de su cuerpo. Por suerte para mí, el chico apenas tenía vello en su cuerpo. Lo descubrí tras quitarle la ropa casi con los dientes. Sus pezones eran carnosos, su ombligo para adentro. Sus piernas robustas, su culo... su culo merecía ser adorado por alguna tribu lejana. Esa manera rotunda de salir para fuera, esa adaptación a los movimientos de mi mano sobre él... Le bajé el bóxer y su polla de 18 centímetros golpeó mi rostro a modo de presentación. Era tan perfecta, tan de mi gusto... Recta, sin operar, con el capullo rosado, con ganas de explorar una boca como la mía.
Cuando estoy intimando con un chico tan perfecto para mí, intento banalmente parar el tiempo. Soy consciente de que el paraíso dura lo que Adán tarda en decidirse con la manzana en su manos, así que me dejo el sentir en esos momentos placenteros, y rozo su piel, besos sus labios, lamo su humedad y rodeo con mi alma todo lo que se escapa al cuerpo. Intento conocer al chico sin hablar, tan sólo interpretando cada decisión tomada en esta obra teatral a tres actos. Para cuando los fluidos resbalan por nuestros cuerpos, deseo coincidir las miradas, y al hacerlo tener seguro que aquello se va a repetir todas las veces que nos permita la vida.
Pero cuando aquello ocurre en tu imaginación, basta una palabra, el silbido de la cafetera o un abrir y cerrar de puerta para que todo ese tesoro mental desaparezca como una hoja víctima de un huracán. La realidad te golpea de repente. Tu amigo te comenta aquel golazo de la noche anterior, y apenas tienes tiempo para darte cuenta de que tu camarero acaba su turno y está abandonando el local. El chico se aleja de la cafetería como el placer de mi mañana sevillana.
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