Siempre que un circo visita nuestras ciudades, se encargan de hacérnoslo saber a base de carteles por todas las calles. "El Gran Circo Tal... de tal día a tal otro". En este cartel suelen aparecer también algunos de los artistas que actúan en el show. Un día que iba paseando me dio por pararme y observar con detenimiento a cada uno de ellos. Salía el orondo presentador, el domador de elefantes, el payaso tristón, la equilibrista, un perro que bailaba... y en una esquina, me fijé en un chico moreno de grandes ojos: el malabarista. Usaba un nombre inglés, pero di por hecho que sería su nombre artístico, pues su aspecto era el de cualquier joven español. Me pareció guapo, muy guapo. Un chico atlético, pero aparte de un aspecto jovial y tremendamente sexy.
Durante días, siempre que paseaba por las calles, dedicaba una prolongada mirada a mi malabarista particular. Me gustaba tanto ese chico, que en un momento de lucidez se me ocurrió algo para poder verle en persona: llevar a mi sobrino al circo. Así que el domingo siguiente acudimos al show de las 7 de la tarde. Mi sobrino lo pasaba pipa con todos los que iban pasando por la arena, pero yo estaba deseoso de ver a mi malabarista bien de cerca. Cuando acabó el espectáculo del perro transformista, apareció el chico con un traje azul metálico muy ceñido al cuerpo. No era muy alto, pero tenía un cuerpo modelado a base de ejercicios acrobáticos: espalda ancha, brazos fuertes, cuello estilizado, carnoso... piernas fuertes, culo voluminoso y duro... Mientras todos los presentes observaban sus malabarismos, yo sólo podía prestar atención a su físico. Ese paquete marcado me estaba volviendo loco, y deseaba que se pusiera de espaldas para así apreciar mejor su retaguardia. Todos le aplaudían por su habilidad... yo, en cambio, por su capacidad para excitarme como pocas veces.
Una vez que acabó el espectáculo, abandonamos la carpa con cierta tristeza. Mi sobrino se quedó con ganas de más, y yo... también. Nos quedamos por fuera dejando pasar a la gente, los cuales iban alejándose del recinto poco a poco. Yo miraba de un lado a otro por si acaso aparecía mi malabarista moreno. Y de tanto desearlo, ocurrió. El chico salió de una caravana, y parecía estar buscando a alguien. Aún seguía con su traje ceñido, y se vino hacia nosotros. Durante unos segundos se mantuvo a apenas medio metro de mí, parado, buscando con la mirada. Yo aproveché esos segundos como un regalo divino, apreciando todo lo que estaba a mi vista. La sensualidad hecha escultura de carne, masculinidad, jovialidad... todo aquello que me hace convertirme en un amante fogoso cuando dichas cualidades se derriten en mis manos... y en mi lengua.
Como suele ocurrirme en estos casos, mi alma pareció escaparse de mi cuerpo y mi situación para coger al malabarista de las manos y llevármelo a algún rincón para disfrutar de una noche húmeda de besos, tocamientos y rugidos de leones. Me imaginé que me llevaba a su caravana, y que allí nos dábamos un primer lote de lenguas entrecruzadas y saliva impregnada en todo su cuerpo. Cuando empezaba aquello a animarse, echó una carcajada, y me dijo que no podía seguir, que necesitaba ducharse y comer algo antes. Yo pensaba que podría compartir con él las aguas calientes de la ducha, pero me dijo que esperara en ese estrecho sofá, y me encendió un televisor pequeño y antiguo.
Salió de la ducha con una toalla muy blanca alrededor de su cintura. No hay nada que me excite más que un joven fibroso recién salido de la ducha... Sin complejo alguno echó la toalla al suelo, mostrando su desnudez a unos ojos, los míos, que deseaban salirse de su cavidad para apreciar mejor cada detalle. Su polla permanecía flácida, muy al contrario que la mía, que a punto estaba ella misma de bajar la cremallera de mis pantalones. Se puso unos vaqueros gastados y una camiseta blanca de manga larga. Luego sacó unos sándwiches que tenía ya preparados y se sentó a mi lado ofreciéndome cenar con él. Durante dos horas estuvimos así, charlando, viendo un programa malo de la tele, como viejos amigos o novios que aún no se han estrenado. Disfrutaba de la complicidad que me otorgaba aquel momento, pero he de reconocer que añoraba el momento de su desnudez. Llegué a pensar que igual él no quería sexo, sino quizás un poco de compañía, pues se quiera o no, tanta trashumancia puede aumentar la falta de cariño de quienes lo padecen. Pero no fue sólo eso, el chico estaba dejando pasar el tiempo para poder pasar luego a otro escenario mucho más excitante que una estrecha caravana.
A eso de las 11 de la noche, cuando la tranquilidad reinaba en el recinto circense, me sacó de su hogar rodante cogiéndome la mano. Me dijo que me iba a enseñar algo que me iba a gustar. No tardé mucho en descubrir con qué me quería sorprender: la jaula de los leones. Eran tres leones grandes y salvajes, que permanecían semi dormidos hasta que aparecimos nosotros. La jaula estaba tapada por una lona con techo y paredes, para así evitarles el contacto con el frío aire del invierno, y había un espacio como de dos metros entre los barrotes y la lona. La grandiosidad del animal me maravilló; dos de ellos parecían obviarnos, pero el tercero no nos quitaba ojo, y de vez en cuando soltaba un rugido que me recordaba a mi infancia, quizás por lo mucho que me gustaban las viejas películas de Tarzán.
No paraba de observar al león más despierto cuando, de repente, siento que el malabarista me abraza con ternura y acerca su boca a mi cuello. Sus manos comienzan un recorrido por todo mi cuerpo, y no tardo en notar la dureza de su entrepierna apretando sobre mi culo. Sin decirme nada, empezó a desnudarme, y con el último botón de mi camisa me di cuenta de que, por primera vez en mi vida, un animal salvaje iba a ser espectador de mis artes amatorias. Aquello parecía excitar sobremanera al chico, y pensé que seguramente hacía lo mismo en cada ciudad que recorría por su gira. Pero aquello no me importó; en cualquier caso, yo fui el elegido aquella noche, y quería disfrutar del momento.
Entre rugidos y paseos del animal, nos quedamos completamente desnudos. Su cuerpo era tal y como lo resaltaba su ceñido traje de faena. Era muy moreno, con músculos muy marcados, sin ningún vello que estropeara las líneas de sus músculos. Su polla, ya por fin dura como el mármol, era tal y como me gustan: de unos 18 centímetros, gruesa, recta, con el capullo más grande que el tronco, y con aspecto limpio y sano. Me agaché y devoré su polla como un animal hambriento; aquella belleza se merecía mis ganas, y no sé qué me excitaba más, si sus gemidos de joven veinteañero o los rugidos de la fiera bestia. Después de tener una polla en mi boca, me gusta mucho acercarme a la boca y dar un beso apasionado. No he hablado de su rostro: moreno de piel, cabello abundante bien modelado, aspecto juvenil y masculino, con ojos grandes de un color oscuro muy vivo y una boca grande de labios carnosos, y dentro de ella, una lengua rosada que me excitaba a más no poder cuando salía condescendiente de su interior. Le gustaba lamerme, y fue el chico que más lejos me ha llevado a través de mi cuello. Luego se lo devolví haciendo lo propio con el suyo, tan carnoso y esbelto. Aquello nos llevó a una pasión desenfrenada, y no tardó en pedirme que se la metiera bien fuerte. Se puso a cuatro patas, y yo me eché sobre él, como un par de leones copulando en la sabana africana. Le entró más fácil de lo que yo pensaba, y una vez dentro, me sentí como un vaquero que tiene domado a su caballo salvaje.
Me encanta lamer la espalda de un chico mientras le penetro, y sentir la esponjosidad de los cachetes de su culo en cada embestida. Pensé que no iba a tardar mucho en correrme de seguir así, pero él me pidió cambiar de postura, y acabamos yo tumbado en el suelo, y él sentado en mí, no sin antes hacerme una mamada escandalosa con sus labios rojizos e hinchados. Ahora era yo la bestia domada y él el jinete eléctrico. El malabarista no paraba de sonreír, quizás era por la costumbre que tienen los circenses de sonreír durante la ejecución de su espectáculo. Pero tenía una sonrisa tan bella, tan auténtica, que aquello me gustó más si cabe.
Le dije que me iba a correr; "Yo también", me respondió. Y en cuestión de segundos los dos nos corrimos a la vez, dejando escapar un poco de nosotros mismos en cada oleada de semen, y rodeados de un acertado rugido que envolvía nuestros gritos de placer. Después de volver en sí, el chico se tumbó encima de mí, y permanecimos como media hora más así, desnudos frente a los leones, sin hablar, y relajados tras ese momento tan pasional. Luego nos fuimos a su caravana y nos dimos, esta vez sí, una ducha de agua caliente compartida, entre miradas y risas recordando lo vivido minutos antes.
Entonces mi sobrino me tiró de la mano, haciéndome saber que tenía hambre, y que quería irse ya con sus padres. El malabarista, aún a medio metro de mí, pareció encontrar a su objetivo. Se acercó a la joven equilibrista y le rodeó con sus brazos entre risas. Y así perdí de vista al joven circense con nombre artístico en inglés, con el que momentos antes había pasado una noche salvaje y pasional entre rugidos de leones.
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